Estación Odio, por Gabriela Basz 

Miembro de la Asociación mundial de Psicoanálisis.

 AME de la Escuela de la Orientación Lacaniana.

En 2018, las Jornadas anuales de la EOL se llamaron “El psicoanálisis y la discordia de las identificaciones”. Allí investigamos cómo localizar la discordia, cómo interpretarla en los discursos que nos habitan. Etimológicamente, discordia se refiere a la falta de afinidad entre corazones o voluntades; su contracara sería la siempre dudosa “concordia”, la armonía, la unidad.

La discordia excede a la discrepancia, puede ser un salto hacia otro lugar, que es el que me interesa recortar. Se discrepa con respecto al campo de las ideas, de los argumentos, de la toma de decisiones. La discordia, en cambio, implica un desacuerdo en un enfrentamiento antinómico que puede llevar a lo peor, y dar entrada al odio.

Lacan ubica en el origen agresivo de la identificación al semejante, la amenaza de un goce que es fuente de segregación. Se puede reducir al otro a uno mismo o tratar de eliminarlo. El odio, entonces, es un afecto tan antiguo como el amor. Pero el detalle que destaco como novedoso es la impresión de que su expresión manifiesta, y festejada, sobre todo en las redes sociales, nos muestra su cara de satisfacción pulsional: odiar para seguir odiando. Es una modalidad, en la política actual de este país, vociferar con goce el desprecio a la espera de que esto reduzca al enemigo hasta eliminarlo. Se trata del odio como pulsión, cuya producción no se detiene por las características propias de las redes virtuales, y cuyo eco implica que muchísimos parlêtres se orienten (o desorienten) en esa dirección. El mecanismo no es más que el de callar al otro y no el de convencer. Los peores insultos, entonces, fuera de cualquier moral civilizada, van convirtiéndose en el pan de cada día. Un decir de impactante literalidad, donde está ausente la metáfora.

El presidente de la Argentina se queja en las redes: “no odiamos lo suficiente a los periodistas”, (quienes intentan, según creo, con mayor o menor fortuna, dar cuenta de la realidad con diferentes registros de discrepancia). Pero no hay “suficiente” en este campo que intento destacar. ¿Puede haber suficiente tratándose de este tipo de odio? El riesgo es que puede ser paralizante. Y a la vez nos enfrenta a lo que en este contexto llamaría “el colmo de la discrepancia”: sentirse, uno mismo, siendo segregado y segregando.

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