
Director del Programa «El giro práctico en el pensamiento contemporáneo»(CIECS-UNC-CONICET)
Miembro del Programa de Estudios en Teoría Política (CIECS-UNC-CONICET)
Somos muchos los que pensamos que ya estamos en el tiempo en que se vuelve necesario, hasta apremiante, pasar del diagnóstico a la acción. Pero, ¿cómo podríamos hacerlo? Primero tendríamos que saber quiénes somos; segundo cómo nos vamos a contar (y cuál es la cifra clave). ¿Acaso deberíamos definirnos como argentinos?, ¿cómo latinoamericanos?, ¿más genéricamente, como humanos?, ¿o, incluso, como habitantes posthumanos del cosmos? ¿Tendríamos que invocar una voluntad general, llamar a un nuevo pacto social, movilizar símbolos e identidades tradicionales? ¿O mejor esperar a que todo reviente por los aires y organizar las fuerzas insurrectas de la desesperación?
Mientras formulo estas preguntas siento que no innovo absolutamente en nada, que busco en el archivo de las causas perdidas, las huellas de la historia, de las crisis, revueltas y revoluciones pasadas. Quizás estemos ante algo de mayor magnitud: la extinción de una civilización que se encuentra agotada. Por eso no hallamos ninguna salida conveniente y todo pareciera ser poca cosa, toda acción ineficaz e improbable. No es el apocalipsis, es el agotamiento de las fuerzas civilizatorias y el descredito de las razones mínimas que le daban algún sustento a la barbarie. Ya no hay ninguna máscara del poder: la crueldad, la estupidez, la subordinación son directas. Ostentadas sin pudor.
Para Spinoza, pasar de la pasión a la acción no es cuestión de mero voluntarismo o decisionismo, sino un cambio modal en el régimen afectivo: actuamos cuando nos reconocemos como causa adecuada de aquello que nos afecta. No viene primero el ser, luego el conocimiento, y a posteriori la acción, sino que las tres dimensiones se dan en simultáneo: ser-conocer-actuar. Esta coordinación que podemos haber experimentado a pequeña escala en relación a nuestro propio cuerpo o con algunos otros para producir algo de manera inmanente, no en función de ideales o causalidades externas, resulta más difícil de alcanzar a gran escala. Y no obstante, cada tanto sucede. Natural o históricamente, sucede; la fuerza de la necesidad siempre se impone. Las gesticulaciones de poder y prepotencia actuales no pueden hacer nada ante la verdadera potencia que se despliega en la coordinación de partes y modulaciones infinitas en las que estamos tramados inexorablemente. Lo que pasa es que su temporalidad es difícil de prever y calcular, por ende, de anticipar.
¿Esto último significa que no nos queda más que esperar pasivamente el desencadenamiento de las causas materiales a la escala necesaria? Pues no, justamente por lo que acabo de decir: tendríamos que estar lo mejor predispuestos posible a la activación conjunta, participando de la causalidad inmanente allí donde no es dado ser-conocer-actuar. Que la fortuna nos encuentre trabajando, deseando, movilizados en el punto que nos toca y afecta corporalmente, y que percibimos claramente, porque nos hacemos causa. Lo que no deberíamos hacer de ningún modo es continuar replicando discusiones inútiles sobre las palabras clave o las identidades últimas que nos movilizarán, porque no lo sabremos hasta que no empecemos a movernos. Como un gran cuerpo dormido, acalambrado o dolido que empieza a despertar de a poco, a aliviarse o curarse, iremos desplegando los movimientos, estirando extremidades y girando articulaciones, al tiempo que nombramos los órganos, las partes, la dirección o el golpe certero.
Es lo que trato de hacer con este pequeño gesto de escritura en el que me hago causa de una cifra singular, en nombre propio.
