Apuestas y pantallas: Rechazo del tiempo y un goce adormilado, por Facundo Ortega

Practicante del psicoanálisis Córdoba. Participante del núcleo temático “Apuestas online” de La Patria del sinthoma, ZADIG.

Para poder decir algo sobre las apuestas online, es necesario salir de ellas por un momento y desplazar la cuestión hacia el paño en el cual se juega la partida. Las pantallas, las actividades y las modalidades de goce desplegadas a través de las mismas, son convergentes en un punto que me interesa situar.

Partimos de la premisa de que no es posible afirmar que las pantallas y la tecnología son los factores que vuelven la cuestión de las apuestas online un problema. La “pantalla”, ese black mirror, el dispositivo material, el hardware, no constituye el quid de la cuestión. La tecnología es una herramienta, y el despliegue sintomático —o no— a través de la misma depende del caso por caso, y de los usos particulares. También, por supuesto, del favorecimiento a ese despliegue sintomático respecto de lo que en la pantalla tiene lugar, con el software. Pero la perspectiva de la demonización y la moralización de la cuestión no es compatible ni con la posibilidad de decir algo desde el psicoanálisis ni con la complejidad que el fenómeno tiene.

La actualidad social, política y económica es un marco necesario para pensar la subjetividad. No porque sea posible construir un esencialismo de la subjetividad pintarrajeado de contexto, no lo es, sino porque es fundamental leer cada persona —en singular—, y cada síntoma —en singular también—, en relación a una época, a un lugar, a un momento.

En cuanto a nuestra época, no es novedoso —pero es necesario— plantear que los ideales que la marcan tienen más que ver con la eficiencia, la eficacia, la ganancia y la riqueza que con otra cosa. Se quiere dinero, y se lo quiere ya. El dispositivo privilegiado para esta proliferación —no el único— es la pantalla y su software, fundamentalmente sus apps con su algoritmo, y de lo que parece tratarse es de un intento de economizarlo todo, logrando así la “maximización del rendimiento”.

A través del algoritmo, esa maquinaria intangible alimentada de datos que elige qué mostrarle a cada quién, ideales propios del discurso financiero se expresan con imperativos que aparecen, todos, en la misma línea: “Ser tu mejor versión”, “viví”, “ahorrá”, “invertí en vos y en tu futuro”, y un largo etcétera que dependerá del algoritmo individualizado… A cada cual, su feed.

El tiempo —que es, figurativamente, el espacio necesario para el pensamiento, la reflexión, la meditación, la creatividad, para que las cosas decanten —parece estar planteado como un enemigo a vencer y no como algo necesario en cualquier expresión humana, sobre todo aquellas del orden de lo creativo. Así, los momentos de vacío, de “hacer nada”, fuera del imperativo de productividad, y donde la dimensión del tiempo es percibida en sí misma como tal, incomodan, angustian o aburren.

El mercado, con sus ofertas para el goce, no parece entonces sólo responder a una demanda (como plantean las teorías económicas clásicas) sino más bien provee dispositivos de goce, a la medida de cada quién, para taponar estos momentos antes de que una demanda, o un deseo, aparezca. Rechazar la incomodidad, la angustia, o el aburrimiento, forcluye la posibilidad de que una demanda o un deseo se produzca. La oferta ya está ahí, en la palma de la mano, en el bolsillo, con un algoritmo que piensa por uno y que muestra antes de que algo se busque, que ahorra el pensar para elegir. La ciencia (por ejemplo, la neurociencia, que bien ha explicado los mecanismos por los cuales alguien siente placer al apostar), en alianza con la constante toma de datos para alimentar el algoritmo —la gran apuesta del mercado— colaboran, quieran o no, en proveer maneras para mantener la subjetividad anestesiada en un goce entretenido y que adormece. El ocio no se opone al neg-ocio: entra en sus imperativos. Eficiencia. Evitación del tiempo. Ganancia. Y las apuestas virtuales se configuran, entonces, como un goce entre otros para mantenerse entretenidos, y, quizá, un poco “adormilados”.

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