
Participante del Nudo La patria del sinthoma y practicante del psicoanálisis en la ciudad de Córdoba
Un agente exógeno ingresa al planeta colonizando a cada ser humano en la tierra. El resultado no es la extinción total, sino el Uno-todo realizado. En menos de 24hs la población se contagia de manera íntegra y como efecto se produce una conciencia unificada donde todos-uno saben lo que cada individuo antes de contagiarse supo, sintió e hizo, constituyendo una fuente inacabable de información y conocimiento. Es el conocimiento total, sin fisuras; una presencia que espeja nuestra fascinación (y horror) ante la Inteligencia Artificial, por ejemplo y su saber sin sujeto.
Este es el escenario distópico donde transcurre la historia que acompaña a la protagonista Carol Sturka, en la última serie de Vince Gilligan, Pluribus. La seguimos a ella que, junto con doce individuos más, presentaron una resistencia al contagio del virus, manteniendo su singularidad. Estos trece se convierten entonces, en el agente heterogéneo del sistema “We is us” como se titula el primer episodio y se caracteriza la enunciación de esta conciencia unificada.
Al modo de aquel espejo negro (black mirror) que tanto sabor ominoso supo despertarnos mostrándonos distintos reflejos oscuros de nuestra actualidad llevada hasta lo irreconocible, en esta serie de una única temporada hasta el momento, el director toma algunos aspectos de la época para volverlos un extraño, un desconocido, una extimidad, lo cual resulta en una operación muy efectiva para comenzar a diseccionar nuestros anhelos más contemporáneos: el sueño de la unidad y la eliminación de la diferencia con el otro.
Como señala Jacques-Alain Miller, existe una “tendencia hacia la unificación progresiva de la humanidad […] en vías de formar un Uno, Uno-todo […]” [1]y Christiane Alberti refuerza esta lectura al advertir sobre el «culto de la igualdad absoluta y la reciprocidad»[2] como una reivindicación dominante de la modernidad.
Así aparece un fenómeno que en tanto que leemos a Lacan estamos advertidos: el Otro es un residuo, un exceso, un efecto del hecho de que hablemos. Estos seres de conciencia unificada en ningún momento conversan entre ellos. Curados de tener que pasar por el lenguaje convierten al mundo en un lugar silencioso donde cada uno sabe qué hacer y lo hacen de manera exclusivamente pragmática. Así los vemos manejar maquinarias complejas, conducir todo tipo de vehículos y responder a unos objetivos que la protagonista interroga hasta donde puede. Siempre dispuestos a hacer todo por ella, le comunican todas las intenciones de convertirlos a ella y los demás individuos sin contagiar y que están poniendo todo lo que tienen a su alcance para lograr el cometido, que además ella no sabe que la hará feliz.
¿Qué consecuencias podemos derivar del anhelo moderno de reducir el Otro al Uno?; ¿una empatía así, cómo interrogarla?; ¿hay lugar para el amor ahí?.
Un contrapunto a la existencia austera, silenciosa y maquinaria de ese Uno-todo, es lo sintomática que se vuelve la protagonista que, cuando expresa enojo, ira o insultos, los sume en un estado catatónico casi convulsivo que suspende la paz con la que ejecutan sus tareas produciendo accidentes de todo tipo. Así asoma un pequeño efecto de trauma del lenguaje en ellos, ¿un punto incipiente de un afecto?: la presencia de una extraña que los hace dividirse de forma mínima, evaluando hasta dónde deberían contestarle o mentirle, tomar distancia de ella o por ejemplo, cometer errores al hablar de “nosotros” cuando pidió expresamente que hablen en singular.
Lo propio del ser hablante reside en su imposibilidad de escapar al equívoco y al síntoma que son, a la vez, el terreno más fértil para reducir la distancia que el goce en sí mismo nos impone los unos a los otros.
[1]Miller, J.-A. (2025). Hay, no hay. En A. L. Santiago (Comp.), Scilicet: La relación sexual no existe (p. 19). Grama Ediciones.
[2]Alberti, C. (2025). No hay relación sexual. En A. L. Santiago (Comp.), Scilicet: La relación sexual no existe (p. 17). Grama Ediciones.
