
Miembro de la EOL y AMP
Secretaria del Consejo Estatutario de la EOL
Miembro de la dirección ejecutiva del IOM3
Yo tenía 13 años cuando comenzó el llamado “Proceso” y vivía en Comodoro Rivadavia, en la Patagonia, una ciudad profundamente militarizada. La presencia militar formaba parte del paisaje cotidiano, aunque entonces una no pudiera medir del todo lo que eso significaba. Había un clima extraño, denso, hecho de silencios, temores y cosas que no se nombraban.
Los 9 de Julio se hacían grandes marchas de los colegios por el centro de Comodoro. Íbamos muertos de frío, caminando a paso militar, todos vestidos de blanco, con gorras y guantes, como si también nuestros cuerpos tuvieran que aprender la obediencia. En uno de esos actos, no recuerdo en qué año, hay una escena que no olvidé nunca: dos adolescentes, de mi misma edad, se besaban en la puerta de un local, en la calle principal de Comodoro, «la San Martin». Enseguida apareció la policía y, para sorpresa de todos, se los llevó en un patrullero de un modo violento y amenazante. Aún recuerdo la cara de pánico de esos chicos. Y el terror que recorrió mi cuerpo. Hoy pienso en eso y entiendo mejor hasta qué punto el control no recaía solo sobre las ideas o las palabras, sino también sobre los gestos más íntimos, sobre los cuerpos, sobre cualquier signo de libertad.
Amaba leer. Iba al colegio casi siempre con un libro en la mano elegido de la biblioteca de mi casa. Mis padres eran grandes lectores, y en esos estantes estaban los clásicos de la literatura. Para mí, la lectura era mucho más que un gusto, era un refugio, una forma de salir por un rato de un mundo opaco y amenazante.
A los 15 años, fui al colegio con mi libro de cabecera: «Cien años de soledad». Recuerdo con nitidez una escena donde la profesora de francés, furiosa, crispada, llamó a mi madre para decirle que yo leía libros subversivos y que debía controlar mis lecturas. Mi madre, que no alcanzaba a dimensionar del todo el riesgo de ese momento, armó un verdadero escándalo en la escuela. Dijo sin medir sus palabras: “Ustedes no son quiénes para decirle qué debe leer. Son libros de mi biblioteca”. Hoy lo pienso y me conmueve esa escena. Mi madre respondía desde una convicción íntima, sin medir del todo el peligro. Y sin embargo, en esa reacción suya también había algo de dignidad, algo de resistencia, aun cuando no llevara ese nombre.
Eso es parte de lo que me interesa transmitir cuando hablamos del “Proceso” porque para muchos jóvenes de hoy esa palabra suena lejana, abstracta, casi vacía. Pero el Proceso también era esto: una ciudad militarizada, el frío de los desfiles patrióticos, el miedo metido en la vida cotidiana, una pareja de adolescentes detenida por besarse, una profesora vigilando lo que una alumna leía, una madre defendiendo un libro sin saber del todo a qué se enfrentaba.
No eran solo los grandes hechos los que quedaron escritos en la historia. Era también esa atmósfera de control, de sospecha y de amenaza que se metía en la escuela, en la calle, en la casa, en los gestos más cotidianos. Hasta un beso, hasta un libro, podían volverse peligrosos.
Por eso los testimonios siguen siendo necesarios. Porque a las generaciones más jóvenes no siempre les alcanza con oír una fecha o una palabra como “Proceso” o «Golpe» para entender de qué hablamos. Un testimonio puede transmitir cómo se vivía entonces, qué se respiraba, cómo el miedo se metía en la vida de todos los días. No solo lo que pasó, sino el clima de época que hizo posible el horror.
Y también por eso importa hablar hoy, porque quienes atravesamos, aun siendo muy jóvenes, aquella atmósfera de silencios, control y amenaza, sabemos que la democracia no se pierde de un día para otro; se deteriora cuando el miedo se vuelve costumbre, cuando la crueldad se naturaliza y cuando ciertas palabras dejan de alarmar. Tal vez nuestra responsabilidad hoy sea transmitir no solo la memoria de lo ocurrido, sino también la experiencia de lo que significa vivir cuando la democracia empieza a estar en riesgo.
