
Paz, 1952 – Fabio Portinari, Rio de Janeiro
Estamos aquí con un ojo en lo que va a ocurrir el domingo y otro en lo que está en curso en un mundo cada vez más globalizado.
Quisiera tomar como punto de partida la advertencia de Lacan respecto de una expansión de la lógica concentracionaria como consecuencia de la universalización producida por la ciencia y por el capital. Quiero destacar un aspecto de esa lógica concentracionaria, que hoy no necesariamente toma la forma de cercas y alambres de púas. Me estoy refiriendo a lo que Primo Levi escuchó de un guardia del campo a su llegada a Auschwitz: «Aquí no hay ningún porqué».
Podemos inferir que, en un mundo en el que prevalece la lógica concentracionaria, la tendencia es confrontarse con un real sin porqué, con un real que no responde a la relación de causa y efecto. En términos lacanianos, es el encuentro con un real sin ley. Primera pregunta: ¿cómo lidiar con ese “real sin ley”, cómo asumirlo como factor de la política y tratarlo a partir de sus semblantes?
Sobre el lenguaje de la destrucción. Nuestras referencias del psicoanálisis indican allí la presencia de la pulsión de muerte. Un lenguaje que apunta no solo a la disolución de las instituciones y de los principios democráticos, sino que alcanza a todos los lazos, incluidos los familiares y de amistad. Sin embargo, no podemos perder de vista que la pulsión de muerte es un circuito de goce que retorna sobre el lugar del que partió. Michel Foucault ya había llamado la atención sobre el circuito completo del proyecto nazi: «Estado racista. Estado asesino. Estado suicida». En ese sentido, cabría considerar de qué modo el lenguaje de la destrucción en marcha en la política actual retornará, de modo disruptivo, sobre su punto de origen. Para ser más directo: aquellos que votan, motivados por el odio y por el empuje de destrucción no se dan cuenta de que, tarde o temprano, estarán incluidos en esa misma destrucción. Pregunta: ¿habría espacio para que la política incida sobre ese circuito? Sabemos que los intentos de persuasión son inocuos ante esto. ¿Sería pertinente evocar aquí el poder de la interpretación?
Otro punto: es notorio que el reordenamiento actual de los grupos sociales da lugar a un individualismo de masa inédito en la civilización. Aquí prevalece el goce de la adicción —la iteración de una satisfacción a través del consumo desenfrenado de lo mismo—que se convierte, como observa Jacques-Alain Miller, en el paradigma de la vida cotidiana en el siglo XXI. Pregunta: ¿cómo considerar ese goce de la adicción como un factor de la política, tratándose de una exigencia de satisfacción que no se dialectiza, que no cede a los valores de la vida en común? De cierto modo, fue a eso a lo que asistimos en el llamado «debate» de la Band[1]—nombre irónico—, en un mundo en el que el diálogo, en el que el encuentro con el Otro, va cediendo lugar al monólogo del goce, en aquello que tiene de más obsceno.
Para finalizar: Jésus Santiago nos recuerda la necesidad de preservación del «lugar vacío», de donde proviene «la indeterminación propia de la democracia». ¿No sería posible incluir en nuestras lecturas respecto de las amenazas a la democracia un cierto «horror al vacío», aprehendido como insoportable? Frente a esto, para algunos, la respuesta es la forclusión de ese vacío. Para otros, se trata de rescatar los antiguos significantes amos —Dios, Patria, Familia— que nos dan la ilusión de que ese vacío no existe. Para otros, se trata de taponar ese vacío por medio de un arsenal de leyes. En ese sentido, y como última pregunta, considerando el carácter ineliminable de ese vacío, ¿habría un lugar para considerar el sinthoma como un factor insoslayable de la política?
Traducción: Fernando Tarragó, revisada por el autor.
[1] Referencia al debate presidencial entre los dos candidatos de la segunda vuelta, realizado el 18/10/26 en la Rede Bandeirantes de Televisión
