
Mosaico de Antigua Roma
Psicoanalista en Buenos Aires
Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP)
Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL)
Un texto de Miquel Bassols, titulado “Collares” –publicado el 9 de febrero en Lacan Quotidien nº 26–, reflexiona sobre una dificultad a la hora de atrapar las características del sujeto contemporáneo.
La cuestión es poder distinguir lo que perdura –y allí la estructura– de lo que es lo nuevo, es decir, lo que cambia. El mismo collar para nuevos perros, concluye Bassols, para referirse al discurso del amo y quienes se instalan hoy en ese lugar. Ninguna estupidez y presentarse como alguien sin ambages, es el modo en que caracteriza al perro bravucón que encarna Trump.
Por mi parte quiero llamar la atención sobre otro rasgo de estos nuevos perros, el recién mencionado y su copy kat argentino.
En los años 70 Michel Foucault describió la biopolítica como un régimen de poder que gobierna en base a las ciencias biológicas y médicas. En nuestros términos: el discurso del amo tomaba apoyo en el de la ciencia para hacer que las cosas marchen, Lacan dixit, para “hacer vivir, dejar morir”, según el adaggio del filósofo.
Ese modo de gestión alcanzó su apogeo en el episodio pandémico, durante el cual, y por largos meses, en buena parte del globo vivimos en aislamiento, según las curvas de contagio que los científicos habían trazado, pese a que se sospechaba de su fiabilidad para contener lo incontenible.
Ese clímax biopolítico marcó un punto de inflexión. Los antivacunas de antaño encontraron una ampliada caja de resonancia para captar adeptos y propagar su mensaje, convocados ahora en las manifestaciones anti cuarenta.
Para sorpresa de nadie, los nuevos perros grotescos plantaron allí su bandera lanzando declaraciones que desprecian la ciencia, y, al menos en el espécimen de estas latitudes, le recorta la financiación estatal sin piedad.
Trump, por su parte, afirmó recientemente que el autismo se debería al uso de Tylenol (paracetamol), levantando el clamor de la comunidad científica, reducida a pobre antagonista de la voz del más fuerte.
En resumidas cuentas, estos nuevos perros declinan servirse del semblante de racionalidad que la ciencia otorga a la hora de gobernar. Por el contrario, la vapulean y ningunean públicamente. En cambio, encarnan el semblante del amo antiguo, que puede presentarse bruto y brutal, y, aun así, o quizás por eso, seducir a las masas. Un amo por encima de toda ley, incluso las de la ciencia, al modo de los dioses griegos, como señaló con agudeza Jacques-Alain Miller.
El barullo de estas provocaciones no debe, sin embargo, distraernos: la alianza entre el discurso capitalista y el científico es férrea. Pero el punto de sinergia ya no son (exclusivamente) las ciencias de la vida, sino el desarrollo exponencial del mundo digital y sus rentables aplicaciones.
Trump no sería Trump sin la plataforma formerly known as Twitter, tampoco su copia local. A su vez, tales plataformas y los magnates que las manipulan y rentabilizan no tendrían tal poder sin unos perros que, en su ferocidad, ocultan mejor la circularidad sin tope del pseudo discurso capitalista.
Por otra parte, los efectos de la digitalización y virtualización de la vida van mucho más lejos que las fake news y la posverdad. Del deterioro del registro simbólico y el uso de la lengua, da cuenta la última medición americana del CI (IQ) intergeneracional: el de la generación Z, la primera criada en un entorno digital, es menor al de sus padres. Hasta aquí, siempre había ido en ascenso.
La cuerda que une el collar es el embrutecimiento.
La estupidización del scrolling sin tope; la esclavitud de los like de narcisismos siempre por rehacerse; la fragilidad de los lazos en tiempos de ghosting; la iteración que agita a los niños adictos a las pantallas, que algunos confunden con autismo; en fin, de los síntomas en la era digital, nos ocupamos en nuestra práctica, que nos fuerza a estar al día.
Pero, dado que, el sujeto contemporáneo somos nosotros, uno por uno, como dice Bassols, pero también el sujeto que es la Escuela, cabe sin duda intentar elucidar el collar que portamos: cuál es el uso que hacemos de los dispositivos digitales, hasta qué punto nos dejamos captar por ellos; en qué medida y con qué efectos la vida de las Escuelas está montada en las plataformas; cómo evitar los modos del influencer, ese Otro de pacotilla, espécimen plus ultra del sujeto contemporáneo, etc.
En tiempos de embrutecimiento, son preguntas urgentes.
