
Tecelar, 1953 – Lygia Pape, Rio de Janeiro
Psicoanalista en Minas Gerais, Brasil
Miembro de la Escuela (AME) de la Escola Brasileira de Psicanálise (EBP)
Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP)
Escuchar a locos y criminales y hacer el par con su urgencia, forma parte de mi experiencia analítica de los últimos 28 años, en el entrecruce del psicoanálisis, salud mental y el derecho. Escucharlos, incluso cuando su decir es delirante, me enseña a leer y seguir lo que desata y ata un cuerpo que goza, un cuerpo que habla.
El crimen fue una respuesta a una angustia imposible de soportar; el acto, su desborde. Encontrar, en el ritual de los procedimientos legales, un partenaire que preste oidos a esos sujetos hace la diferencia. Testimonia del esfuerzo que anima a cada uno a encontrar un modo de decir el sin sentido del acto, e inventar una solución que sea propia, única, y haga pasar su respuesta, su responsabilidad, junto a algunos otros. Algunos otros que representan el lazo social, el consenso social, es decir, algunos otros que representan un límite, un límite para vivir.
¡Nada es más humano que el crimen! (JAM)
Bajo esta orientación nació el PAI-PJ, un dispositivo que se infiltra en el universo normativo del derecho para dar paso al modo singular por el que cada sujeto se encuentra allí y también se sirve de él. Su política es la del síntoma, su apuesta la del lazo social. Una apuesta que requiere alojar las formas irregulares de convivencia, siempre enseñantes por ser portadores de un saber inédito sobre el lazo entre lo público y lo privado, siempre tan diverso y original, que lleva al derecho a tolerar un real imposible de prever y a jugar la partida, caso por caso. A mi modo de ver, la Constitución da cuerpo simbólico para sostener esta apuesta en lo social; es en el suelo democrático que ella tiene lugar por aceptar formas inéditas, plurales, diversas de vivir su diferencia absoluta junto a algunos otros.
Si traigo esta experiencia a la conversación es porque me enseña sobre la solidaridad entre la experiencia analítica y los principios democráticos y republicanos, principios necesarios para que su práctica sea posible.
Aun cuando los derechos declarados no se cumplan, su inscripción en el lenguaje del cuerpo social ofrece amparo y horizonte a la urgencia de cada uno. La democracia requiere que esta apuesta resuene en la vida colectiva, en la confianza y en la lucha permanente por los derechos. Hacer el par, junto con algunos otros, es una manera democrática de realizar la erótica pulsional, sin miedo de ser feliz, en la medida del síntoma de cada uno.
Con esta experiencia resonando en el cuerpo escuché el debate de la Band. La lengua bolsonarista era desenfrenada, agresiva y truculenta. Había preguntas, pero no respuestas. Y cuando el tema era la violencia y la seguridad pública, el cuerpo se armaba, las palabras se encadenaban para presentar un sólo proyecto: localizar al enemigo y destruirlo.
Defendió la baja de la imputabilidad penal a partir de los 14 años, incluso por narcotráfico, y la castración química para delitos sexuales. Promete que los criminales armados «serán abatidos». Promete limpiar las calles de los enemigos de la patria. Las figuras jurídicas pueden ser usadas para destruir derechos. Declaró que cambiará la Constitución para protección de todos, cuenta con el Congreso y el Senado para eso. Es una promesa de exterminio y de segregación. Repetía: serán ellos quienes tendrán miedo de andar por las calles. ¿Quiénes son ellos?
Los herederos de la desigualdad, en su mayoría negros y pobres, sobre quienes el castigo ya recae de manera desigual. Muchos solo conocieron las políticas públicas y algunas garantías constitucionales cuando fueron presos: ¡la política pública criminal! (Hannah Arendt) ¿Quiénes serán los desterrados de las calles en este proyecto de destrucción? Marielle lo fue. También fueron los leprosos y los locos. Y ahora, ¿cuáles serán los significantes que marcarán a los elegidos?
Fue en esa articulación violenta entre la lengua, el programa de seguridad y los cuerpos en la mira, donde leí la dimensión genocida de matriz fascista que emanaba de la lengua bolsonarista: el derecho a su servicio, destrozando el lenguaje constitucional, busca autorizar la eliminación de quienes debería proteger. «Limpiar las calles» es eliminar de ellas su humanidad, pues no se puede limpiar la civilización del humus que la constituye.
Cuando el mundo se divide entre «yo» y «ellos», es la guerra.
Nuestro suelo está amenazado. No tenemos elección. ¡Vamos a la lucha!
Traducción: María Luz Quenardelle
Revisión: Josefina Elías
*Texto revisado y autorizado por su autora.
