Intervención de la presidente de la ECF en el Senado de Francia, por Laura Sokolowsky / Intervention de la présidente de l’ECF au Sénat français

Publicamos en nuestro Blog la intervención de Laura Sokolowsky presidente de la Escuela de la Causa Freudiana ante el Senado Frances. Difundida en español por Amp Uqbar.

Camila González Quiroga

Nos complace enviarles el discurso pronunciado en el Senado por la presidenta de la Escuela de la Causa Freudiana en el coloquio sobre la defensa de la relación en los tratamientos “psis”, el 6 de junio de 2026. 
 

Ejercicio democrático y palabra en psicoanálisis
Laura Sokolowsky

En este momento en que el psicoanálisis se encuentra nuevamente atacado en sus fundamentos, no es inútil evocar una secuencia histórica en el que fue puesto bajo la tutela de un poder totalitario.

Esta ideología de extrema derecha se apoyaba en supuestas nociones científicas, que afirmaban la división de la humanidad en razas biológicamente desiguales y distorsionaban la teoría darwiniana para crear una visión del mundo donde solo los más fuertes tenían derecho a existir. La herencia biológica, los estudios estadísticos y antropológicos se utilizaron para justificar un programa monstruoso de eliminación de los enfermos mentales, cuyas vidas se consideraban indignas de ser vividas. Comisiones compuestas por médicos y funcionarios públicos examinaron los dossiers de los pacientes internados.

Actualmente se estima que entre 200.000 y 300.000 personas discapacitadas o con enfermedades mentales fueron asesinadas en Alemania entre 1939 y 1941 en el marco del programa T4, que funcionó de laboratorio para los exterminios de masa ulteriores.

La Alemania de los años treinta ofreció un terreno propicio para todo tipo de excesos, alimentados por la derrota militar, el caos económico y la humillación nacional. En este contexto de angustia colectiva, un líder sedujo a las masas prometiéndoles un futuro brillante y restaurando el orgullo nacional. Ahora bien, lo que sigue siendo difícil de comprender, y lo que los historiadores aún se esfuerzan por explicar, no es tanto la patología del líder como la rapidez con la que una secta de individuos marginados, que abogaba por la preferencia nacional y el uso de la violencia para lograrla, consiguió el apoyo de la población. Las grandes interpretaciones históricas, ya sean del fascismo en general, de los intereses del gran capital o del culto a la personalidad, esclarecen sin duda una parte del fenómeno, aunque sin agotar lo que constituye el nudo de la cuestión, a saber, la sumisión voluntaria de las masas a la voluntad de destrucción.

Es aquí donde el psicoanálisis, con sus conceptos de superyó, pulsión de muerte e identificación al ideal del yo, puede aportar un esclarecimiento que la Historia, por sí sola, no podría proporcionar. Resulta indispensable que el psicoanálisis pueda ejercerse libremente, siendo las condiciones de su práctica el ejercicio sin protocolos ni voluntad de dominio de los poderes de la palabra y la interpretación. Por esta razón, la práctica psicoanalítica y la democracia están íntimamente ligadas.

Volvamos por un momento a lo que distingue al nazismo de otras formas más antiguas de antisemitismo. Se trata de que Hitler no buscaba la persecución, sino la eliminación de seres humanos. En la primavera de 1933, Freud aún no había comprendido esta diferencia cualitativa. Pensaba en términos de pogromos, restricciones, vejaciones y agresiones; es decir, en aquello que podía representarse. La idea de que el antisemitismo pudiera materializarse en una forma absoluta superaba lo que la imaginación, incluso la suya, era capaz de prever.

Los regímenes autoritarios siempre han sabido que la palabra era su principal enemigo. No es casualidad que el auto de fe de los libros de Freud tuviera lugar en mayo de 1933. Tampoco es casualidad que entre los primeros afectados por las leyes de exclusión se encontraran médicos, psicoanalistas, educadores, trabajadores sociales y maestros. La quema de los libros de Freud fue un ataque contra la idea misma de que pueda existir, en el corazón de cada ser humano, algo que escape al dominio de lo colectivo, a la voz del jefe, a la comunión de las masas en el goce compartido de un enemigo común.

¿Cómo respondieron los psicoanalistas? El movimiento analítico de la época se escudó en el principio de neutralidad científica: dado que el psicoanálisis no era una visión del mundo, sino un método de tratamiento, una terapéutica, no tenían por qué adoptar una posición política. En esto se confirma lo que afrontó Freud, a partir de mediados de los años veinte, cuando se opuso a ciertos miembros de su propia asociación que querían reservar el acceso a la formación analítica únicamente a los médicos. Freud sabía que reducir el psicoanálisis a la terapéutica conllevaba el riesgo de su disolución al ser absorbido como especialidad médica.

La postura inversa, presentada como garantía de independencia, fue en realidad una dimisión ética. Permitió a ciertos analistas arios continuar su trabajo en la Alemania nazi, allí donde sus colegas judíos se vieron obligados al exilio. Bajo el pretexto de salvar su disciplina, cedieron a todo tipo de componendas y entregaron su alma al diablo.

Los ataques contemporáneos contra el psicoanálisis provienen de la alianza entre una hostilidad declarada y una racionalidad gerencial. Tienen el rostro de los expertos, del comité científico, del organismo regulador. Esto es lo que dificulta que el público en general y los medios de comunicación los reconozcan por lo que realmente son. Procediendo por etapas, adoptando el lenguaje de la razón y la ciencia, el rechazo del psicoanálisis como experiencia de palabra se presenta como una medida sensata que nadie debería cuestionar. 

Conviene recordar que las recomendaciones emitidas por la Alta Autoridad de Salud (HAS) en 2012 contra los enfoques psicoanalíticos en el tratamiento del autismo constituyeron un primer punto de inflexión importante. Por primera vez en Francia, un organismo público de salud se pronunció en contra del psicoanálisis en nombre de la ciencia, o más bien, de una cierta concepción de la ciencia reducida a laMedicina basada en la evidencia. Bajo la apariencia de rigor metodológico, lo que no se puede medir no existe, lo que no produce resultados cuantificables en un plazo definido se considera inválido. El psicoanálisis que aloja lo que resiste a la medida, el deseo, el inconsciente, el sueño, la repetición, fue declarado fuera de juego.

La ofensiva continuó y se amplificó con el auge de terapias comportamentales promovidas por las instituciones de salud alegando su eficacia medible y su favorable relación costo-beneficio. Esto se trata nada menos que de someter la atención psíquica a los criterios de rentabilidad que gobiernan los otros sectores de la economía. Una terapia breve, protocolizada, reproducible de un paciente a otro y evaluable mediante un cuestionario estandarizado es lo que financia y recomienda dicho sistema. Un tratamiento analítico cuya duración es indeterminada, cuyo resultado no se puede fijar previamente y cuyos efectos no se reducen a la desaparición del síntoma, no es comprensible ni tolerable.

Esta tendencia de fondo también concierne a la formación de los futuros practicantes. En las facultades de medicina y de psicología, las enseñanzas de orientación psicoanalítica deben borrarse en favor de los enfoques neuro. Los residentes de psiquiatría se forman cada vez menos en la escucha clínica, por el contrario se les enseña a trabajar con protocolos estandarizados. La relación entre el paciente y su “psi”, lo que en psicoanálisis designamos mediante la transferencia y que reposa en un lazo de palabra, se ignora, se descuida y se denigra.

De este modo, generaciones enteras de profesionales tratantes se ven privadas de lo que al psicoanálisis le llevó un siglo elaborar, a saber, una teoría del sujeto ligada a la clínica del caso por caso.

A esto se suman ataques más recientes desde el ámbito legislativo, tales como la enmienda que busca no reembolsar las prácticas inspiradas por el psicoanálisis, la inclusión de centros especializados financiados por una fundación privada en el código de salud pública y nuevas recomendaciones sobre el autismo que excluyen al psicoanálisis, ubicándolo como práctica no recomendada. Luego, el horizonte de la oponibilidad de las recomendaciones presentadas como una necesidad imperiosa, acompañadas de inspecciones, de controles imprevistos de los establecimientos y el cierre administrativo de las instituciones que no las obedezcan. El vocabulario empleado no es el del tratamiento, sino el de un orden de hierro.

La que está en juego es la libertad de palabra y su expresión democrática. Esta es la razón por la cual el futuro del psicoanálisis es inseparable del destino de la democracia. En efecto, la democracia no se reduce al régimen electoral. Ella supone la posibilidad de una palabra irreductible a la identificación al grupo, aunque esté en posición mayoritaria, y al jefe. Ella supone que exista un espacio donde la palabra pueda decirse sin estar sujeta al imperativo del resultado, de la norma y de la conformidad. Lo que recusa la ideología autoritaria es una enunciación sustraída a la lógica del rendimiento y la obediencia, donde el sujeto pueda hacer la experiencia de su división, de sus contradicciones, de su deseo.

Aunque los ataques actuales contra el psicoanálisis, no queman las obras de Freud, se empeñan en volverlas inaudibles. Vacían la palabra de su sustancia, reduciéndola a una mera herramienta de comunicación al servicio de la recopilación de datos, sierva de la técnica. El sujeto sufriente en su cuerpo y su pensamiento no está invitado a decir, a hablar de su historia: se lo intima a marcar casilleros para evaluar su nivel de ansiedad en una escala que va del uno al diez, a progresar según un programa preestablecido hacia un objetivo de adaptación.

Esta concepción de lo humano es también aquella que convoca la extrema derecha por otros caminos. El discurso identitario que prospera hoy en Europa y más allá, reposa sobre el borramiento de la singularidad a favor de la pertenencia a un origen, a un país definido como una comunidad sitiada y reemplazada por ese Otro que es extranjero. La palabra introduce la diferencia y lo incomparable. La fantasía de una comunidad purificada impone a contrario el silencio.

Para los psicoanalistas, defender la democracia no es un posicionamiento ajeno a su práctica. Se trata de promover la función y el campo de la palabra y el lenguaje contra la violencia política y la racionalidad gerencial. No cedamos a la tentación de negociar con los instancias evaluadoras, de adaptar la clínica analítica a las exigencias del mercado, de consentir a compromisos dudosos por preservar una presencia institucional.

Como escribió Lacan en «La psiquiatría inglesa y la guerra», publicado en 1947, se trata de enfrentarse contra los oscuros poderes del superyó que exigen someterse y callarse. Ese combate es el nuestro hoy. Traducción: Mariella Lorenzi
Revisión: María Adela Pérez Duhalde

Nous avons le plaisir de vous adresser l’intervention au Sénat de la présidente de l’École de la Cause Freudienne à l’occasion du colloque sur la défense de la relation dans les soins psys du 6 juin 2026.
 
Exercice démocratique et parole en psychanalyse
Laura Sokolowsky

Dans un moment où la psychanalyse se trouve de nouveau attaquée dans ses fondements, il n’est guère inutile d’évoquer une séquence historique où celle-ci fut mise sous tutelle par un pouvoir totalitaire. Ce8e idéologie d’extrême droite s’appuyait sur des notions prétendument scientifiques qui affirmaient la division de l’humanité en races biologiquement inégales et détournait la théorie darwinienne au profit d’une vision du monde où seuls les plus forts ont le droit d’exister. L’hérédité biologique, les études statistiques et anthropologiques servirent à justifier un monstrueux programme d’élimination des malades mentaux considérés comme des vies indignes d’être vécues. Des commissions composées de médecins et de fonctionnaires examinèrent les dossiers des patients internés.
L’on estime à présent qu’entre 200.000 et 300.000 personnes handicapées ou souffrant de maladie mentale furent assassinées en Allemagne entre 1939 et 1941 dans le cadre du programme T4 ayant servi de laboratoire aux exterminations de masse ultérieures.

L’Allemagne des années trente offrait un terrain propice à toutes les dérives, arguant d’une défaite militaire, d’un chaos économique et d’une humiliation nationale. Dans ce contexte de détresse collective, un leader séduisit les masses en promettant à chacun un avenir radieux ainsi qu’une fierté retrouvée. Or, ce qui reste difficile à saisir, et que les historiens peinent encore à expliquer n’est pas tant la pathologie du leader que la vitesse avec laquelle une secte d’individus marginaux, qui prônaient la préférence nationale et l’usage de la violence pour y parvenir, remporta l’adhésion de la population. Les grandes interprétations historiques, qu’il s’agisse du fascisme générique, des intérêts du grand capital ou du culte de la personnalité, éclairent sans doute une partie du phénomène sans épuiser ce qui en constitue le nœud, à savoir la soumission volontaire des masses à la volonté de destruction.

C’est ici que la psychanalyse, avec ses concepts de surmoi, de pulsion de mort et d’identification à l’idéal du moi, peut apporter un éclairage que l’Histoire, à elle seule, ne saurait fournir. Encore faut-il que la psychanalyse puisse s’exercer librement, les condition de sa pratique étant l’exercice sans protocole ni volonté de maîtrise des pouvoirs de la parole et de l’interprétation. Pour ce8e raison, la pratique psychanalytique et la démocratie ont partie liée.

Revenons un instant ce qui ce qui distingue le nazisme d’autres formes d’antisémitisme plus anciennes. Il s’agit du fait que Hitler ne visait pas la persécution, mais l’élimination d’êtres humains. Au printemps 1933, Freud ne mesurait pas encore ce8e différence qualitative. Il pensait en termes de pogroms, de restrictions, de vexations et d’agressions, c’est-à-dire ce dont il était possible d’avoir une représentation. La notion que l’antisémitisme puisse se réaliser dans une forme absolue dépassait ce que l’imaginaire, même le sien, était capable d’anticiper.

Les régimes autoritaires ont toujours su que la parole était leur ennemi principal. Ce n’est pas un hasard si l’autodafé des livres de Freud eut lieu au mois de mai 1933. Et ce n’est pas un hasard non plus si, parmi les premiers visés par des lois d’exclusion, se trouvaient des médecins, des psychanalystes, des éducateurs, des travailleurs sociaux et des enseignants. Brûler les livres de Freud, c’était s’en prendre à l’idée qu’il peut exister, au cœur de chaque être humain, quelque chose qui échappe à l’emprise du collectif, à la voix du chef, à la communion des masses dans la jouissance partagée d’un ennemi commun.

Comment réagirent les psychanalystes ? Le mouvement analytique de l’époque se retrancha derrière le principe de neutralité scientifique : la psychanalyse n’étant pas une vision du monde, mais une méthode de soin, une thérapeutique, ils n’avait pas à prendre politiquement position. En cela se confirme ce que Freud affronta dès le milieu des années vingt en s’opposant à certains membres de sa propre association qui souhaitaient réserver l’accès à la formation analytique aux seuls médecins. Freud savait que la réduction de la psychanalyse à la thérapeutique lui faisait courir le danger d’une dissolution par absorption comme spécialité médicale.

La posture inverse, présentée comme une garantie d’indépendance, fut en réalité une démission éthique. Elle permit à certains analystes aryens de poursuivre leurs activités dans l’Allemagne nazie, là où leurs collègues juifs furent contraints de s’exiler. Sous couvert de sauver leur discipline, ils se livrèrent à toutes les compromissions et donnèrent leur âme au diable.

Les attaques contemporaines contre la psychanalyse proviennent de l’alliance d’une hostilité déclarée et d’une rationalité gestionnaire. Elles ont le visage de l’expertise, du comité scientifique, de l’instance régulatrice. C’est ce qui les rend difficiles à reconnaître pour ce qu’elles sont de la part du grand public et des médias. En procédant par étapes, en empruntant le langage de la raison et de la science, le rejet de la psychanalyse comme expérience de parole se présente comme une mesure de bon sens que personne ne devrait contester.

Il convient de rappeler que les recommandations de la Haute Autorité de Santé contre les approches psychanalytiques dans la prise en charge de l’autisme en 2012 ont constitué une première fracture. Pour la première fois en France, une instance officielle de santé publique s’est prononcée contre la psychanalyse au nom de la science, ou plutôt d’une certaine conception de la science réductible à l’Evidence-based medicine. Sous couvert de rigueur méthodologique, ce qui ne se mesure pas n’existe pas, ce qui ne produit pas de résultats quantifiables en un temps défini n’a pas droit de cité. La psychanalyse qui accueille ce qui résiste à la mesure, le désir, l’inconscient, le rêve, la répétition, a été déclarée hors-jeu.

L’offensive s’est poursuivie et s’est amplifiée à travers la montée en puissance des thérapies comportementales promues par les institutions de santé au motif de leur efficacité mesurable et de leur rapport coût-bénéfice favorable. Il s’agit rien de moins que de soumettre le soin psychique aux critères de rentabilité qui gouvernent les autres secteurs de l’économie. Une thérapie brève, protocolisée, reproductible d’un patient à l’autre, évaluable par un questionnaire standardisé, tel est ce qu’un tel système finance et recommande. Un traitement analytique dont la durée est indéterminée, dont l’issue ne peut être fixée à l’avance et dont les effets ne se laissent pas réduire à la disparition du symptôme, n’est ni compréhensible ni tolérable.

Ce8e tendance de fond concerne aussi la formation des futurs praticiens. Dans les facultés de médecine et de psychologie, les enseignements d’orientation psychanalytique doivent s’effacer au profit des approches neuro. Les internes en psychiatrie se forment de moins en moins à l’écoute clinique, on leur apprend à travailler en utilisant des protocoles standardisés. La prise en compte de la relation entre le patient et son psy, ce qu’en psychanalyse nous désignons par le transfert et qui repose sur un lien de parole, est ignoré, négligé, dénigré.

Ce sont ainsi des générations entières de soignants qui sont privés de ce que la psychanalyse a mis un siècle à élaborer, à savoir une théorie du sujet adossée à la clinique du cas par cas.

À cela s’ajoutent des attaques plus récentes issues du champ législatif, telles que l’amendement visant le déremboursement des pratiques inspirées par la psychanalyse, l’inscription de centres experts soutenus par une fondation privée dans le code de la santé publique, de nouvelles recommandations sur l’autisme excluant la psychanalyse comme pratique non recommandée. Puis, l’horizon de l’opposabilité des recommandations présentées comme une nécessité impérieuse accompagnées d’inspections, de contrôles inopinés des établissements et de fermeture administrative des institutions qui n’obéissent pas. Le vocabulaire employé n’est pas celui du soin, mais d’un ordre de fer.

L’enjeu est la liberté de parole et son expression démocratique. C’est la raison pour laquelle l’avenir de la psychanalyse n’est pas séparable du destin de la démocratie. En effet, la démocratie ne se résume pas au régime électoral. Elle suppose la possibilité d’une parole irréductible à l’identification au groupe, fut-il en position majoritaire, et au chef. Elle suppose qu’il existe un espace où la parole puisse se dire sans être soumise à l’impératif du résultat, de la norme et de la conformité. Ce que récuse l’idéologie autoritaire est une énonciation soustraite à la soumise à l’impératif du résultat, de la norme et de la conformité. Ce que récuse l’idéologie autoritaire est une énonciation soustraite à la logique du rendement et de l’obéissance où le sujet peut faire l’expérience de sa division, de ses contradictions, de son désir.

Si les attaques actuelles contre la psychanalyse ne brûlent pas les œuvres de Freud, elles s’emploient à les rendre inaudibles. Elles vident la parole de sa substance en la réduisant à un simple outil de communication au service d’une récolte des données, serf de la technique. Le sujet souffrant dans son corps et sa pensée n’est pas invité à dire, à parler de son histoire : il lui est intimé de cocher des cases pour évaluer son niveau d’anxiété sur une échelle allant de un à dix, à progresser selon un programme préétabli vers un objectif d’adaptation.

Cette conception de l’humain est aussi celle que convoque l’extrême droite par d’autres chemins. Le discours identitaire qui prospère aujourd’hui en Europe et au-delà repose sur l’effacement de la singularité au profit de l’appartenance à une origine, à un pays défini comme une communauté assiégée et remplacée par cet Autre qu’est étranger. La parole introduit de la différence et de l’incomparable. Le fantasme d’une communauté purifiée impose a contrario le silence.

Pour les psychanalystes, défendre la démocratie n’est pas une prise de position étrangère à leur pratique. Il s’agit de promouvoir la fonction et le champ de la parole et du langage contre la violence politique et la rationalité gestionnaire. Ne cédons pas à la tentation de négocier avec les instances évaluatives, d’adapter la clinique analytique aux exigences du marché, de consentir aux compromis douteux pour préserver une présence institutionnelle.

Comme Lacan l’écrivait dans «La psychiatrie anglaise et la guerre» publiée en 1947, il en va d’un affrontement contre les puissances sombres du surmoi imposant de se soumettre et de se taire. Ce combat est le nôtre aujourd’hui.
  Publié par ECF.Mess@ger. 7 juin 2026
© 2026 ECF (École de la Cause freudienne – Association RUP)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio