La máquina y el disfrute, por Roque Farrán

Director del Programa «El giro práctico en el pensamiento contemporáneo»(CIECS-UNC-CONICET)

Miembro del Programa de Estudios en Teoría Política (CIECS-UNC-CONICET)

Un científico del más alto nivel que trabaja en la fabricación de computadoras cuánticas contaba la otra vez que introdujeron los datos de los problemas que venían investigando con su equipo en una IA avanzada, y esta se los resolvió correctamente. Les ahorró así meses de trabajo. Entonces se me ocurrió preguntarle a Gemini si esto era cierto y me lo confirmó con varios ejemplos más de resoluciones de problemas físico-matemáticos de antigua data y alto nivel de complejidad; también expuso sin que se lo pidiera, en una suerte de modesta autocrítica, las limitaciones presentes: el tiempo que implican algunos procesamientos a veces resulta mayor, y por tanto el gasto energético es más costoso, como también hay algunas dificultades técnicas en los cálculos numéricos hiperprecisos, etc. 

Además, había leído recientemente a una escritora, María Sonia Cristoff, decir algo muy pertinente sobre lo que yo mismo venía pensando al respecto. Le preguntaron justamente sobre su uso de IA en el proceso de escritura y ella planteó una pregunta muy sensata: “¿Por qué querría delegar en la IA algo que no solo puedo hacer sola sino que además disfruto hacer sola? ¿Por qué querría saltearme el proceso de escribir?” Da en la tecla; el tema clave es el disfrute, no la corrección, la eficiencia o la prontitud en la realización de la tarea. Por supuesto que hay muchas cosas que sería deseable que las IA pudieran hacer por nosotros, pero eso hace más apremiante la pregunta por el deseo que nos sostiene.

A lo que nos confronta el desarrollo acelerado de las IA que, como estamos viendo, no tienen límites en cuanto a las posibilidades de sustitución de tareas de enorme complejidad, es a una pregunta existencial muy básica: ¿disfrutas de lo que haces? Nos hemos acostumbrado a la lógica del esfuerzo y de la competencia máxima como un acicate para recibir recompensas y reconocimientos sociales, pero si las performances en cualquier área fuesen realizables por máquinas de manera mucho más eficiente (supongamos que se pueda resolver el problema ambiental, colocándolas en el espacio exterior, etc.), el problema existencial que nos plantea esto es bien simple: ¿deseas o no deseas hacer lo que haces? 

Me imagino a alguien que empieza delegar las tareas más simples y automáticas gradualmente, desde la composición o corrección de textos hasta la selección de encuentros amistosos o amorosos, los lugares adónde ir de vacaciones, las decisiones de crianza o los programas de estudio, hasta que llega a delegar la vida entera en la IA, entonces esta podría plantearle la pregunta ética-ontológica por excelencia: “¿quieres que viva por ti?” Y si al sujeto en el extremo de la delegación de todo no le queda un mínimo disfrute respecto de nada, ¿por qué diablos seguiría viviendo? Bien podría transferir su memoria y su consciencia calculista a esa máquina y alcanzar el sueño de la inmortalidad que tanto entusiasma a los tecnomagnates. Claro que ya no sería una vida sostenida en las fricciones y fruiciones corporales, sino en el deslizamiento fluido de datos y elecciones computarizadas sin demora. 

En definitiva, la IA nos confronta a la verdad de nuestros propios automatismos pulsionales y a la pregunta crucial de qué puede sustraerse a ellos. Luego, la organización social entera tendría que articularse en función de esa pregunta, ya sea a través de una renta universal o la automatización de las tareas indeseables. Así entonces la IA constituye la más decisiva crítica al capitalismo: apunta a exponer su modo de goce y la insensatez de sus premisas.

Mendiolaza, 17 de junio de 2026.

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