Vayan estas breves reflexiones, en torno a un tema sensible en lo social y complejo por sus diferentes aristas como es la Infancia. Me interesa transmitir y ubicar algunas coordenadas a partir del discurso analítico. Infancia proviene de infans (in-fari) alguien incapaz de hablar no así de articular palabras, sino más bien de hablar en público, de representarse públicamente como sujeto de la palabra, es decir de contar con una enunciación propia como válida. El niño como integrante de ese tiempo subjetivo propio a cada uno, debe permanecer a cargo del Otro, sin hacerse sujeto de una responsabilidad social. En este siglo XXI y atravesados por la pandemia tenemos en nuestro país dosis muy elevadas de historias trágicas cuyos protagonistas son niños y cifras alarmantes de “extrema vulnerabilidad” (316 mil niños- La Voz del Interior 19 de marzo 2021) Comprobamos que el lugar del niño se ha desplazado a lo largo de estos años, dejando ese lugar de ideal en el deseo de sus padres para trastocarse en su dimensión de objeto de goce. En algunas circunstancias es un objeto sexual y pasional, donde el abuso, la corrupción y la producción pornográfica ocupan ese lugar central y obsceno, para otros será un objeto de lujo y fascinación para llegar a un objeto de consumo y terminar consumido. Debemos como analistas, estar atentos a lo que el momento actual acentúa y genera como malestar, donde asistimos a una infancia en permanente control y evaluación. Así el niño puede convertirse de un polo al otro, tanto en un objeto deseado como rechazado, excluido y segregado.! Fácil de desechar ¡ya nada avergüenza y lo que se vive muchas veces en el seno familiar, repercute y/o resuena en el ámbito social en el que cada uno se mueve. En estos momentos y luego de haber pasado un año de pandemia que aun continua y el consecuente confinamiento, inesperado, contingente el cual ha dejado tras de sí un estado de angustia, agobio, hartazgo, incertidumbre y transgresiones a toda norma que intente regulaciones en lo social. Nombres del malestar donde la política sanitaria y el comité de expertos nos han indicado restricciones y un control de los cuerpos que ha rayado en algunas circunstancias con cierta locura e insensatez. La cuestión es el exceso en las medidas que pretende normativizar en un para todos que produce ese efecto de intolerancia. Hoy en día nos confrontamos con niños más solitarios, que han pasado y pasan más tiempo en un encierro y conectados en Red, con todos los medios tecnológicos a su alcance, que con sus pares. También encontramos su reverso, niños que cuentan como hogar la calle, solos con sus normas y reglas propias para marcar la enorme brecha de la desigualdad social y exclusión. Considero que la pandemia no constituye una excusa y no todo corre por su cuenta ya que ha puesto al desnudo situaciones graves y delicadas que no son nuevas por cierto, sin embargo han impactado cobrando una mayor notoriedad con los medios de difusión. Entiendo que merecen ser interrogadas por los diferentes actores sociales, buscándose nuevas respuestas que vayan a contramano de la segregación. Ejemplos sobran a lo largo y ancho de nuestro país. Ahora bien J. Lacan se ha referido en diversos momentos de su enseñanza a la segregación, donde lo segregado es lo excluido, lo que se aparta de una comunidad, es ese resto que en lo que vengo planteando es el niño mismo, convertido en ese objeto manipulable y manipulado como efecto del discurso ya sea familiar, proveniente de lo social y/o de la civilización misma. Me parece que no hemos extraído aun todas sus consecuencias. Me pregunto a que está expuesto el niño hoy, cual su SOS de este, su tiempo de Infancia; y es en la lectura que realizo, mandar al olvido y al silencio lo que un niño en su singularidad tiene para decirnos con su palabra, el permitirle que dé cuenta y responda por sus síntomas y elecciones que lo habitan. En otros términos, es acallar su dimensión y su dignidad como sujeto, aun en casos muy graves como es el autismo, donde ningún corset disciplinario, desde una lógica higienista y/o autoritaria podrán atemperar sus crisis. Entonces ante ese Otro cada vez más inconsistente o como paradoja aquel que aplasta como un elefante y asfixia al niño, apostamos al trabajo con él, sin ignorar ni ser indiferentes a su sufrimiento, como tampoco a sus invenciones y elecciones sobre su deseo, como de sus repeticiones de goce. Nuestra orientación clínica es el síntoma donde al hacernos partenaire del niño y acompañarlo en sus elaboraciones, podremos separarlo de aquello que desde su sentido lo hace sufrir convirtiéndolo en algo más llevadero, aunque debemos saber que hay males incurables. Si bien las cartas le fueron dadas, con esas que le han tocado en suerte, podrá aventurarse a saber en qué se las arregló o no, en que se apuntaló o no para construir un lazo vivible y diferente fuera de toda norma o ideal.