Investigador Independiente (CONICET)
Director del Programa «El giro práctico en el pensamiento contemporáneo»(CIECS-UNC-CONICET)
Miembro del Programa de Estudios en Teoría Política (CIECS-UNC-CONICET)
Todavía guardo un viejo casette, grabado en el 87, donde se escuchan las voces de mis hermanos pequeños contando anécdotas, chistes, haciéndose cargadas y yo, el mayor, leyendo aquella grave declaración del jefe indio Seattle que anticipaba toda la debacle ecológica que vendría, legible ya en los modos de ser del hombre blanco: “Aquí termina la vida y comienza el sobrevivir”, concluía la declaración. Era una preocupación clave en las militancias de la posdictadura, cuyas consignas y contradicciones absorbía en mi infancia como esponja: el problema medioambiental que hoy nos incinera el rostro, nos reseca la garganta y nos desangra las narices.
Pero más acá de los negocios y voracidades que siempre han existido, de las responsabilidades y omisiones estatales que las han apañado, el viejo jefe indio ya había dado en la tecla: el problema mayor era –y sigue siendo– el modo de ser del hombre blanco. Lo que con el tiempo y el estudio entendí, gracias a varios, se trataba de un problema material de subjetivación que nos atraviesa a todos: no importa la ideología, la formación, el color de piel o el género. Lo más grave es que en la distracción permanente, ante el terror a la angustia y la estupidez mediatizada, aun no pensamos, aun no nos subjetivamos; esa es la marca indeleble del hombre blanco.
Durante estos días circulan muchas fotos del desastre ecológico, como en años anteriores, fotos dantescas de la tragedia que estamos viviendo, y entonces pensaba en el problema de que hasta fuesen terriblemente bellas esas imágenes: un goce estético que se alimentaba como los mismos incendios imparables. La naturaleza política y económica de los incendios es inocultable, donde se quema un bosque nativo luego nace un country, el problema es cómo seguimos echando nafta al fuego con nuestras idealizaciones típicas: la naturaleza no es el idílico lugar donde cantan los pajaritos, corren libres los arroyos y los árboles dibujan hermosos paisajes; la naturaleza es la base material concreta de nuestra subsistencia, donde sea que vivamos necesitamos del agua y el aire como insumos básicos. Las inundaciones y contaminaciones que van a venir con mayor intensidad nos van a terminar extinguiendo, probablemente; luego, como hemos visto, la naturaleza renace de las cenizas, poco importa lo que hagamos nosotros.
En fin, nos dañamos a nosotros mismos, eso es lo terrible de la estupidez humana. Y si bien hemos visto mil veces la misma película, hay algo irreductible que insiste pese a todo, imposible de relatar o anticipar: cómo iba a ser la temporalidad múltiple, difusa, desfasada y abrupta a la vez, de eso que llamábamos fin del mundo. Ahora lo estamos viviendo: nuestras subjetividades se acomodan, como pueden, a sostener las rutinas diarias y el mediano plazo, a sobrevivir, mientras el futuro se abisma cada vez más en los terribles acontecimientos del presente.
Pero quién sabe: quizás aun quede algún margen, que no vendrá, seguro, de contarnos bellas o catastróficas historias sobre el final anunciado, al menos no como esas películas que vimos miles de veces. “No contarnos historias”, como decía el viejo Althusser, nos dispone a pensar materialmente los acontecimientos en cualquier lugar donde ocurran. Y yo que temía tanto de niño convertirme en apenas un sobreviviente, que ya pasé la prueba, que ya lo soy, ahora trato de transmitir que no es tan terrible: el que estemos todos sometidos a esa condición tendría que volvernos más solidarios, menos estultos, más atentos a lo que está pasando, cómo nos afecta y cómo actuar.
Claro que lo real es que no hay progreso y volvemos siempre al mismo lugar; pero no estamos obligados a hacerlo de la misma forma. Si el psicoanálisis como la crítica ideológica o la filosofía práctica inquietan, no es porque sustituyan las cómodas explicaciones o racionalizaciones de la buena conciencia burguesa por contenidos ilustrados inconfesables: alienación, explotación, servidumbre o goce incestuoso; sino porque señalan algo mucho peor: la causa está irremediablemente perdida, es la torsión misma del espacio simbólico donde se halla –y se pierde– el sujeto, tan próxima que da pavor, tan vacía de contenidos que no hay goce que la colme (el psicoanálisis no propone una nueva perversión, ni la crítica ideológica una sociedad sin clases, ni la filosofía práctica un sabio sin problemas). Pero el movimiento de pasar por ahí y no sucumbir, pese a todo, nos da una alegría inconmensurable, expresable, transmisible como un virus: ideas mucho más consistentes que las estupideces que se cuentan los neuróticos –junto a los canallas– para gozar de sus pobres terrores –o de los otros.
No es que la intervención filosófica crítica sea exagerada por puro gusto o placer, que apele a la anécdota personal por gusto autobiográfico, es un problema ideológico de base: ¿Cómo hacer notar a un pez lo esencial que es el agua, el medio dónde vive? Siendo el filósofo igualmente un pez sumergido en las mismas aguas ideológicas, solo podría exponérselo a los demás saliendo del medio y mostrando el ahogo que en efecto se produce. Imaginemos la caverna platónica sumergida bajo el agua: no hay salida completa de la caverna, como fantaseaba Platón, porque la apnea no se soporta demasiado tiempo; el asunto es entender dónde nos encontramos y la calidad del medio que nos circunda. Todos los impulsos autodestructivos y conspiranoicos están ligados a esa falta de entendimiento, a la idealización fantasmática de los espacios que es su correlato. Urge pensar, tanto como respirar.
Córdoba, 23 de septiembre de 2024
[*] Texto escrito hace cuatro años, apenas actualizado ante lo que se repite.