Una decisión afectiva absoluta – por Roque Farrán

Investigador Independiente (CONICET)
Director del Programa «El giro práctico en el pensamiento contemporáneo»(CIECS-UNC-CONICET)
Miembro del Programa de Estudios en Teoría Política (CIECS-UNC-CONICET)

No son lo mismo: Massa o Milei. No me refiero tanto a sus personalidades como a lo que representan.

El primero representa la continuidad de la democracia, con todas las limitaciones y contradicciones que conocemos, pero con la posibilidad cierta de seguir disputando en el seno de sus instituciones mejores condiciones de vida. Es la afectividad diversa que solicita una vida en común.

El segundo propone instaurar un régimen antidemocrático, reivindicando todo lo peor que también conocemos, cerrando o haciendo implosionar las instituciones públicas en función de un mercado desregulado de bienes, órganos, seres vivos y lo que sea. Es la irracionalidad misma al poder.

Estamos ante una elección básica, conducidos a un principio de lógica clásica: el tercero excluido. Ante la imposibilidad de una tercera opción, en un campo conceptual delimitado, negar la negación es una afirmación. En este caso, negar el negacionismo es afirmar la vida. La vida política, la vida democrática.

La decisión es histórica en sentido fuerte: no se trata de invocar distintos momentos del pasado donde se hicieron alianzas impensadas, donde el malestar de la vida en común condujo hacia lo peor; se trata de afirmar la historicidad ontológica de lo que nos hace ser como somos y la posibilidad de dejar de existir definitivamente. 

No estamos ante una elección entre más o menos lo mismo, continuidad o cambio, sino ante una decisión absoluta: la posibilidad misma de sostener o no la existencia. Y tenemos que saber algo, la decisión es profundamente ética: si no deseamos seguir viviendo no podemos exigir a otros que también mueran con nosotros.

La lógica inexorable, la ontología fáctica, la historia y la ética anudan así la razón de los afectos. Pero es necesario remarcar la implicación material en este asunto: hablar en primera persona.

Algunos sentimos hartazgo, otros miedo, horror, angustia, casi todos estamos agotados, exhaustos, cansados de la incertidumbre generalizada o la amenaza constante de lo peor. 

Lo principal aquí es no restarles valor a los afectos, entender sus razones con rigor y método: estamos ante un peligro real inminente. El tratar de minimizar o subestimar los estados anímicos aludiendo a “campañas del miedo” o lógicas políticas, en este contexto, resulta canallesco o perverso. 

Pero también tenemos que entender las razones de la denegación afectiva: el modo de relatarnos que difunden los medios pasa esencialmente por ahí, casi nadie asume nada en primera persona, haciendo cuerpo y pensamiento lo que nos afecta en común; todo funciona en la lógica de la delegación y el fetichismo: nos han acostumbrado a suponer intenciones, a sembrar sospechas, a calcular movimientos imaginarios, antes que a entender cómo nos afecta cada determinación social y qué podemos hacer con ello efectivamente. 

Por eso, hoy más que nunca, la razón está en los afectos. Y la decisión es por sí o por no. ¿Deseamos continuar con la vida democrática, sí o no? Porque las consecuencias serán inexorables.

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

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