Traficante de la palabra – Por Mari Paz Rodriguez

Miembro de la Asociación de la Causa Freudiana en Île-de-France

Trabaja en psiquiatría con el Grupo Hospitalario Paris-Sud y en consultorio en Paris.

La entrevista al científico Daniel Salas, ideada por Silvia Baudini para Zadig Córdoba, me genera varias preguntas. Al titularse «Empatías químicas en la trama social», uno podría imaginarse que el rol de las drogas que él nos presenta, las drogas sintéticas, servirían para generar un nuevo lazo social entre los jóvenes. Pero justamente no se trata de eso en la utilización actual de las sustancias psicoactivas. Habla de una proliferación de las sustancias a nivel cuantitativo, pero también a nivel subjetivo si se quiere, ya que la ideología capitalista reinante, el famoso “carpe diem”, “no hay tiempo que perder”, “todo tiene que ser ya”, son máximas que promueven experiencias intensas en breves periodos de tiempo para poder inscribirse en el mundo instagramable en el que vivimos. Mas allá de las sensaciones de bienestar o de conexión con algo del orden de lo divino que solían proporcionar las drogas en la civilización, aquí Salas pone el foco en el cambio de paradigma que se produce al crear drogas de forma artificial, que además deben mutar para poder seguir teniendo efectos, ya que los consumidores las suelen mezclar y hacer un uso inadecuado de ellas, y a pesar del falso semblante de “comunión” que puede atisbarse cuando observamos a los más jóvenes tomar estas drogas para soportar más horas y “consumir” de manera más intensa el momento festivo, no dejan de ser muchos Unos-solos, sin conexión, que gozan autísticamente con su cerebro.

Cuando pensamos en el cannabis, la ayahuasca o hasta en la pipa de la paz, nos imaginamos momentos clave en los que las civilizaciones han conseguido objetivos importantes del lado de la empatía social, donde se pueden llegar a acuerdos o se logra conectar con la naturaleza o los dioses, al estilo Avatar de James Cameron. En ese sentido, estas sustancias psicoactivas no han evolucionado o mutado a través de los siglos, más bien siguen constituyendo una herramienta para abordar algo del Otro, o incluso del Uno (aprendí gracias a los colegas de la NEL-Lima que ciertos psicoanalistas se sirven de la ayahuasca para acceder más rápidamente a recuerdos inconscientes, obviamente no son colegas lacanianos los que se lanzan en esta empresa).

Pero con la introducción de las nuevas sustancias psicoactivas observamos que incluso su producción no requiere un trabajo y organización colectiva, ya que se pueden sintetizar de manera clandestina e individual. Además, un usuario puede comprar estas sustancias por internet, con envíos digitalizados y consumirlos de manera totalmente anónima. De esta forma, Salas concluye diciendo que no solo la producción, distribución y venta de estas nuevas drogas empujan al uno-solo, a través de “micro-tramos individuales”, sino que también, estas drogas que supuestamente buscan una sensación de conexión breve e intensa con el Otro, nada tienen que ver con el amor, como puntúa el psicoanalista Jorge Castillo.

¿Qué puede aportar un psicoanalista a un sujeto adicto a estas sustancias? Jacques-Alain Miller indica que, en la droga, la posición subjetiva está implicada, y que el problema consiste en obtener del sujeto el sentido que se le da a la adicción, “y en particular el sentido sexual de su dependencia”[1]. Esta sería la brújula que orientaría la práctica con los pacientes adictos, suponiendo que una movilización de la palabra puede redistribuir el goce, y por lo tanto reorganizar ciertas elecciones del sujeto. En su texto, Miller nos recuerda que la elección de la droga siempre está condicionada por el significante. Para concluir, me gustaría recomendar la emisión de Studio Lacan titulada “Chemsex, le sexe sous substance avec Pierre Bonny”[2] donde este último recuerda que incluso si la adicción supone una ruptura con relación al otro y produce una iteración del goce, el psicoanálisis propone cernir la dimensión significante de este comportamiento. Retomando los términos de Miller, se trataría de “dealer de la parole”, es decir, negociar con la palabra.


[1] Miller J.-A., « La drogue de la parole », Accès à la psychanalyse, n°15, septembre 2023, p. 21.

[2] https://www.youtube.com/watch?v=EONxRRS1yhI

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