La lúcida y coherente fe del libertario
Gerardo Arenas Psicoanalista en Buenos Aires. Miembro de la Asociación mundial de Psicoanálisis. Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana ¡Qué batacazo! Los libertarios fueron los únicos que lograron lo que querían. Ganaron. Deseaban un cambio real y lo provocaron. Creen poder sostenerlo. Ni lobos con piel de cordero ni corderos con piel de lobo: leonas hambrientas. Y el hambre despierta. ¿Los llaman fascistas? No les va ni les viene. ¿Antisistema? Eso los enorgullece. ¿Ignorantes? Se ríen de los sabihondos. ¿Tildan a su líder de loco? ¡Pero si todos lo somos! Los epítetos no desalientan al libertario: sabe que brotan del despecho, el orgullo herido y la impotencia de los perdedores. Las críticas le confirman que va por lo que considera el buen camino. La fe del libertario es lúcida porque no hay tiempo para tibiezas. Es coherente porque mueve montañas en conformidad con lo que quiere. Es ambas cosas porque, a diferencia de los demás partidos políticos en la Argentina de 2023, halló al líder que necesitaba y votó unánimemente por él. Es una lección para todos, más allá de esta coyuntura. Cuando una brecha separa a votantes y dirigentes, por desencanto o por pérdida de la potencia épica del relato que los unía, el cambio de signo en el campo discursivo impulsa una deriva del voto hacia el centro o, en caso extremo, hacia el principal partido opositor. Pero si la brecha se abre al mismo tiempo en los dos partidos mayoritarios, la composición entre ambas derivas crea una nebulosa de electores decepcionados que, heredera de hartazgos y repudios, cristaliza en torno al primer discurso capaz de capitalizar el descontento imperante. Que este discurso se incline a izquierda o a derecha no es, en esto, relevante. Que se apoye en brillantes argumentos o en creencias delirantes, tampoco. Por naturaleza, no calza en las categorías habituales. Usarlas para leerlo lleva al dislate intelectual que insulta (y con eso fortalece) la fe de quienes en él se inscriben, tornándolos victoriosos, y ello atrae a quienes aman subirse al carro del vencedor. Así, todo el arco político alimenta el movimiento que logró romper el bipartidismo decadente que lo gestó. La única chance de alterar este rumbo depende de que la lúcida fe de los flamantes triunfadores se contagie a los derrotados. Llevarle la contra al adversario lo consolidará tanto como profundizar la grieta en que él anidó o alabar las bondades de los demás partidos. Evitar el desastre requerirá, como mínimo, la abierta autocrítica de quienes lo engendraron. Fotografía seleccionada por el editor del blog.
