La vida en común
Fernando Pomba Psicoanalista en Córdoba. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana. Adherente al CIEC A cuatro décadas del retorno de la democracia en el país, el florecimiento de discursos radicalizados no deja de producir pavor. Las posiciones autoritarias se han adaptado increíblemente al mundo hipermoderno, ya que Milei y su grupo ganaron seguidores y simpatizantes en muy poco tiempo a través de las pantallas, sin el peso de la tradición partidaria y, sobre todo, desprendidos de la historia reciente. ¿Cómo ha ocurrido este fenómeno? Podemos abordarlo a partir del nudo problemático entre ciencia, mercado y poder. Si hubo un primer entusiasmo en que internet traería una cierta democratización por el manejo deslocalizada de la información, ese entusiasmo mostro su reverso: también las formas más abusivas de la política se adaptaron a los nuevos medios. La censura, que durante mucho tiempo fue el método para acallar las disidencias, se encuentra hoy con dispositivos más refinados. La información se autorregula en un régimen del sentido que apunta a lo Mismo. Lo que se conoce en los medios de comunicación con el nombre de echo chamber, esa cámara de ecos en donde el sujeto recibe información parcial desde el imperio de la cifra, que se alimenta con cada visualización, en un cálculo infinito. En este medio, Milei y su política sin dialéctica necesita a la injuria para sostenerse en ese lugar. Ya que la injuria es el significante que no se encadena. Pero cuando se zamarrea los semblantes que hacen a los principios democráticos, cuando se juega con ellos irresponsablemente, se ingresa en un terreno del cual luego es difícil salir. Porque son estos semblantes los que mantienen el frágil consenso social y los que hacen posible la vida en común. El peligro de estos movimientos radica en dejar a los cuerpos librados a la agitación, a un fervor que no encuentre en lo simbólico un asidero. Fotografía seleccionada por el editor del blog.
