Dr en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba y París VIII
Investigador de CONICET
Docente en la Universidad Nacional de Córdoba
Siento que estamos todos cansados. Estamos cansados porque todavía no terminamos de procesar una pandemia que nos desacomodó la vida. Estamos cansados porque luego vino la montaña rusa de la inflación que no nos deja en paz. Estamos cansados porque estamos bombardeados de noticias horribles: desde masacres en otra parte del planeta a desastres ambientales por todos lados. Estamos cansados porque vivimos o escuchamos situaciones de inseguridad. Estamos cansados porque ha sido un año electoral demasiado largo: muchas elecciones, todo el tiempo hablando de política.
A veces creo que solo queremos un poco de tranquilidad. Poder comer un asado con amigos, reírnos un rato, brindar por las cosas que valen la pena. Que las cosas se vayan acomodando, aunque sea de a poco. Que la inflación vaya bajando, que exista trabajo para todos, que podamos crecer. Que las escuelas y los hospitales funcionen bien. No mucho más, poder estar con la gente que uno quiere, poder proyectar cosas en la vida. En las pequeñas cosas se nos va la vida. Y está bien.
Posiblemente solo busquemos eso: la tranquilidad después del trauma que provocó la pandemia y después de la locura de una inflación descontrolada. Estamos todos ahí, pensando cómo lograr que la preocupación afloje un poco para que cada uno pueda seguir con su vida. Pienso que a veces vemos la política como el show de quienes aparecen en la televisión, pienso que a veces pensamos en la política como algo lejano de gente que vive en otro mundo. Pienso en estos días, un poco preocupado, que hay otra manera de pensar la política: lo que hace posible la vida.
Hemos construido un país a lo largo de los años del cual nos quejamos mucho. Esta bien quejarse: queremos que las cosas funcionen mejor. Sin embargo, es un país que con todos sus problemas sigue haciendo mucho. Me resisto a pensar que en este país todo es un desastre. Claro que hay mucho, muchísimo, para mejorar. En eso creemos todos. Pero por muchas cosas es un país hermoso: por su gente, por sus lugares, por todo. Creo que está bien quejarse para mejorar, no creo en nada que expanda el desánimo, la tristeza, el odio.
Estos días estoy preocupado. Duermo mal. Estoy inquieto. Paso mucho tiempo viendo redes sociales. Prendo la televisión para ver programas atestados de políticos. Me preocupa que por estar cansados terminemos votando a alguien que grita todo el tiempo en la pantalla. A alguien que lo único que propone es destruir. A alguien que está enojado: que aparece indignado, que odia muchas cosas. A alguien que pone en duda las cosas que sabemos hay que defender: no podemos seguir destruyendo el mundo en el que vivimos, no podemos odiar a quienes tenemos al lado, no podemos aceptar que todo se venda o se compre.
Muchas veces vemos lejos a la política y a los políticos. En esta elección creo que se juega otra cosa: la diferencia entre odiar y cuidar. Entre el enojo del que grita odiando todo, que apuesta que todo estalle, y la serenidad de quienes todavía apostamos por cuidar algo del mundo, por cuidarnos entre nosotros. Sabemos que cuando todo estalla los mas débiles son quienes sufren. Tenemos la responsabilidad de cuidarnos, de seguir defendiendo las cosas que hemos construido. No porque todo esté bien. Hay muchas cosas que tenemos que cambiar. Mucho. Pero sabemos que destruyendo, odiando, gritando no se llega a ningún lado.
Este 19 de noviembre voto a Sergio Massa. No porque crea que todo está bien. No porque no sepa que hay muchísimo por mejorar. Simplemente porque no creo que el odio, la destrucción, que todo estalle nos va a llevar a un buen lugar. No quiero odiar a mis vecinos, no quiero pelearme con la gente que vive en este país. Con tranquilidad quiero que sigamos construyendo un país mejor. Y eso, al final, me llena de esperanza: que podamos después del 19 de noviembre hacer un país con todos adentro, cuidándonos y no odiando, para que la vida acá sea posible.