PATOLOGIZACIÓN DE LA CACEROLA – por Karina Perez

Practicante del Psicoanálisis en Pilar, Bs As
Responsable de Biblioteca de la Delegación Pilar del IOM2

Hace unos días (Diciembre 2023) el presidente Argentino, explicó las protestas contra su gobierno diciendo que los manifestantes padecían Síndrome de Estocolmo. En la misma línea, un político español, portavoz de VOX, finalizó su alocución refiriéndose al mismo síndrome (ambos políticos comparten la misma posición ideológica). En general un
síndrome, al menos en el discurso psicológico, está integrado por rasgos fenomenológicos que no tienen relación unos con otros, pero al presentarse juntos, definen un estado determinado. De las supuestas respuestas que de allí se derivan, se generaliza un tipo de conducta; sin embargo, este “diagnóstico” no cuenta con criterios de validación científica; de hecho, ni siquiera el DSM ha incluido esta categoría (y justo es decir que dicho manual no se contenta con unas pocas, sino que siempre está a la “caza” de nuevas conductas a patologizar). Por menos que lo percibamos, el lenguaje de las neurociencias atraviesa
nuestras concepciones cotidianas, moldeando nuestra percepción e interpretación de los hechos sociales, sean éstos individuales o colectivos. Basta detenerse en la proliferación de trastornos en la infancia: a cada conducta le corresponde un nombre de trastorno y por
ende uno o una batería de tratamientos combinados con medicación. Las neurociencias consideran al cerebro como órgano fundamental que determina lo que somos y hacemos. De hecho, todos los días encontramos un supuesto nuevo hallazgo científico, que intenta
explicar, mediante alguna maniobra de localización cerebral, alguna conducta o afecto (valga como ejemplo la consideración de que la zona del hipotálamo es la responsable del enamoramiento) ¡Pobres poetas! Otra característica fundamental de las neurociencias es el “dinamismo” de sus postulados, de tal manera que hoy pueden aseverar un resultado y dentro de unos años, lo contrario. El creador del diagnóstico de TDH, confesó antes de morir que esta categoría era ficticia y que, al ubicarla como consecuencia de un déficit genético, buscaba acallar la culpa de los padres, por el comportamiento de sus hijos. El elemento de beneficio económico de los laboratorios, no debe quedar soslayado. De este modo el discurso de las neuro ciencias, de la mano de la política, la educación o la psicología, intentan reducir al sujeto a la categoría de “menor” en el sentido del Derecho, alguien a quien hay que tutelar, corregir y proteger.
Volviendo al llamado síndrome de Estocolmo, dicha sanción pronunciada en tal contexto, intenta reducir al sujeto político a la categoría de víctima, deslegitimizando cualquier acción que entre en contradicción con el orden establecido o que se intenta establecer es un intento de rebajamiento del estatuto de ser humano y protagonista de la historia, a la categoría de “menor” en el sentido del Derecho como alguien a quien hay que tutelar y proteger. Efecto paradojal del discurso en torno a la libertad; allí donde se afirma que el Estado es un Padre terrible que, al modo del padre de la horda primitiva goza de todo dejándonos privados y es por ello que hay que matarlo, para tener nosotros ese acceso al goce, pero que una vez cometido el crimen constatamos que el goce es imposible; intenta implantar un Padre no de la Ley, sino que afirma: “es Mi-Ley”. Tal vez por eso Lacan pudo decir que el loco era el hombre libre. También lo somos, locos, no libres, toda vez que consideramos que podemos ser los artífices de nuestro destino, sin Otro.

*Fotografía seleccionada por el editor del blog

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