LACAN Y LA ALETOSFERA – Por Eliana Llanos

Participante del núcleo temático de Incidencia: Cuerpo, soledades y redes sociales.

Adherente al CIEC

Lacan en el capítulo XI del Seminario 17, llamado «Los surcos de la Aletosfera» dice: que la característica de nuestra ciencia no es que haya introducido un conocimiento del mundo mejor y más extenso. Sino que ha hecho surgir cosas que no existían en el nivel de nuestra percepción.

El mundo está poblado por ondas, de radio, de tv, de internet, el celular nos escucha. Se construye una ciencia que ya no tiene que ver con la idea de conocimiento, se construye donde antes no había nada. Entonces crea el neologismo aletosfera que proviene de aleteia que significa verdad y lo une con atmósfera. Vivimos en la aletosfera una atmósfera poblada de objetos que denomina letosas, creados para causar nuestro deseo.

Estas letosas, también son un juego de palabras que proviene de lethé, lo que evoca un río mítico, el Leteo, que provocaba en quien bebía de sus aguas un total olvido y ousia que remite al ser, entonces la letosa sería el olvido del ser.

Las letosas son objetos que nos rodean que están en la atmósfera y que atraviesan nuestro cuerpo.

En este texto Lacan dice que los astronautas cuando llegan a la luna “se las habrían arreglado mucho peor […] si no hubieran estado acompañados todo el rato por ese a minúscula de la voz humana. Por este hecho podían permitirse no decir más que tonterías como por ejemplo que todo iba bien, cuando todo iba mal. Pero qué importa lo importante es que sigan estando en la aletosfera». [1]

Quiero hacer zoom en el relato de la llegada del hombre a la luna, en el momento del alunizaje (palabra que se crea a partir de ese momento) Neil Armstrong dice[2]:

“Houston…, aquí base Tranquilidad, el Águila ha alunizado.”

Las palabras fueron recibidas con gritos, aplausos y alivio en Houston.

Eran las 15.17 del 20 de julio de 1969 (16.17 en la Argentina). Con el combustible al límite, y a sólo 40 metros de un gran cráter –que pudo ser esquivado por una maniobra de último momento– el Eagle se había posado en el Mar de la Tranquilidad, una suave llanura volcánica, de cientos de kilómetros, cercana al Ecuador de la Luna.

Cuando todo estuvo listo, Armstrong abrió la escotilla, se asomó, encendió una cámara de televisión, y mientras bajaba lentamente la corta escalera, recitó su célebre “un pequeño paso para un hombre, un gigantesco salto para la humanidad”.

Bajo un insólito cielo negro con Sol a pleno y estrellas por todas partes (por la falta de atmósfera), el comandante del Apolo 11 dio sus primeros pasos en aquel suelo gris, rocoso y polvoriento, como cubierto de ceniza. El traje no era nada cómodo y además tuvo que adaptarse a la rara experiencia de la débil gravedad lunar que hace que todo en la Luna sea más liviano (un sexto de la gravedad terrestre).

Con absoluta espontaneidad, el segundo ser humano que pisó la Luna dijo: “Bonito… bonito…, una magnífica desolación”.

Retomando el decir de Lacan en este ejemplo: ¿es la voz humana lo que posibilita arreglárselas mejor respecto de la soledad, del cuerpo?

¿Las redes sociales nos dejan en soledad o son un modo de salir de ella?

Podemos pensar en la voz y la mirada como objetos que pululan en la aletosfera, pudiendo el analista proponerse como un objeto también, a usar de otro modo, no como tapón, mercancía, fetiche, sino como causa.


Referencias:

[1] Lacan Jacques. Seminario 17. Pág. 173

[2] https://planetario.buenosaires.gob.ar/51-anos-de-la-llegada-del-hombre-la-luna

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