LA BANALIDAD DEL BIEN – Por Marcelo Barros

Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis

Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana

“Si no puedo mover las fuerzas del Cielo, moveré las del Infierno”, reza un hexámetro de la Eneida, con el que Freud comienza la Traumdeutung. Eso tiene también su traducción política. Con motivo de las últimas elecciones en E.E.U.U., Bernie Sanders dijo que no debería sorprender que un Partido Demócrata que abandonó a la clase trabajadora descubra que la clase trabajadora lo abandonó a él (Página 12, 6-11-2024). Así resumía el senador de Vermont la abrumadora derrota del Establishment ante Donald Trump. No hay lugar aquí para explicar la magnitud desmesurada de ese fracaso. Mucho se ha hablado de la banalidad del mal. Sería conveniente hablar de la banalidad del bien. Y eso tiene lugar cuando la atención hacia las minorías no sólo se vuelve declamatoria, sino que va acompañada de un obsceno descuido de las mayorías. Porque ellas no lo perdonarán. Destinadas a la servidumbre por la vieja Injusticia que gobierna el mundo desde su origen, ellas no tienen otro poder más que el de incendiar la casa. Sobre todo, cuando las llevan demasiado lejos. Richard Rorty lo había anunciado en 1998 en Achieving our country advirtiendo que los blue collars, la parte más baja de la jerarquía empresarial, los trabajadores rudos, que la intelectualidad elitista despreció porque eran varones blancos y heterosexuales, se vengarían de la corrección política votando a una figura autoritaria. Hoy el término “progresismo” tiene un alcance dilatado, y por eso Nancy Fraser habla de “neoliberalismo progresista”. La posburguesía izquierdista -no socialista- es expresión más acabada del capitalismo tardío. La debatida mesa de las Olimpíadas de París 2024 lo mostró: muy inclusiva, pero faltaron los chalecos amarillos. Ya se sabe lo que pasa cuando se deja a alguien afuera del banquete. Hay que parecer zonzo, y ser canalla, para creer que el lenguaje inclusivo, los baños no binarios, el menú vegano y las brújulas con perspectiva de género ayudan a la hora del naufragio, sobre todo cuando no hay botes ni salvavidas. Para peor, la declamación va acompañada, no sólo de la invisibilidad de las mayorías, sino incluso de su demonización, sobre todo la de los varones. Y eso no es gratis. El progresismo -en todos sus sentidos- está lejos del trabajador manual, del repartidor, del obrero no calificado, del hombre no deconstruido, de la persona que mata a una rata (acto hoy penado en España). Se creyó que centrar la atención discursiva en los derechos de las minorías cambiaba algo, mientras las mayorías eran vejadas de manera abominable. Por cierto, no han menguado las miserias de las minorías por volverlas niñas mimadas de las élites culturales. Referirse a la generación diezmada de los años 70 es necesario. Pero ignorar a la generación actual -ciertamente diezmada- es catastrófico. Semejante torpeza no merece ser llamada “memoria”. Tampoco merece el término “insurrección” la práctica de la queja, el cacerolazo, la performance, la procesión festiva, o la aglomeración. Eso no mueve el amperímetro social. El espíritu de la insurrección mora en el hartazgo, en la agresividad creciente y contenida, y que un día vemos aparecer en el estallido social. Pero eso puede tener lugar también en las urnas. Lo vemos en el avance de las extremas derechas, y todavía no hemos visto lo peor.

Se puede pensar que la democracia es el respeto de las minorías. Pero no hay que olvidar que -y acaso sea una definición mejor- ella, la democracia, reside en la división de poderes reales. Eso vale para la colectividad y para el sujeto. El monopolio, estatal o mercantil, atenta contra el espíritu de las leyes. Lo primero es narcisismo; lo segundo, castración.  Lacan no creía en las fuerzas infernales, pero supo advertirnos que la pulsión de muerte es la venganza de la Cosa cuando no se ha querido saber nada de ella.

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