Paula Gil*
Frente a las circunstancias, se me hizo necesaria la vuelta a Freud. Me encontré con esta clave de lectura que comparto:
“Lo que en una comunidad se agita como esfuerzo libertario puede ser la rebelión contra una injusticia vigente, en cuyo caso favorecerá un ulterior desarrollo de la cultura, será conciliable con esta. Pero también puede provenir del resto de la personalidad originaria, un resto no domeñado por la cultura, y convertirse de ese modo en base para la hostilidad hacia esta última. El esfuerzo libertario se dirige entonces contra determinadas formas y exigencias de la cultura, o bien contra ella en general. ”[1]
Dos panoramas para pensar el “agite libertario” en una comunidad: si se dirige contra sí misma estaremos siendo testigos de un pasaje al acto con consecuencias impredecibles, si por el contrario, pensamos la situación actual como “una rebelión contra lo injusto”, entonces hay chances de advertir esto como acting out y corregir la posición.
La reivindicación radicalizada recoge lo que no fue atendido en la realidad efectiva. Parecen lejanas las conceptualizaciones de Freud sobre el sentimiento de culpa que restaba luego de la sofocación de la agresividad; por el contrario, terminar con el otro y con sus instituciones parece ser el alivio que los sujetos ensayan frente a la compresión a la que están sometidos. Así asistimos impávidos a un atentado atroz contra la vida de la Vicepresidenta de la Nación, o a la represión y el asesinato consumado de ciudadanos ejerciendo su derecho a hacerse oir. La libertad de la palabra es cercenada con el terror, mientras se esgrime la libertad de portar armas. Echando mano de un concepto complejo, aventuro que la barbarie es eso: quedar impávidos frente al exterminio del otro, o bien, pedirlo exaltadamente a un Otro ilimitado.
Lo joven es rebelde al poder. Hemos cedido ese lugar. Ahora lo joven se rebela a la política, construyendo así un falso enemigo para resguardo del verdadero. Es necesario mecer a la sociedad en el mar de la increencia para que se deje arrastrar mansamente por el tsunami.
A quienes pensamos la política y las relaciones sociales desde el campo nacional y popular nos cabe una parte en el reparto de las responsabilidades: perdimos el brillo, se maniobró sin denuncia y con resignación, nos peleamos entre nosotros más que con aquello que enfrentamos. Los torniquetes del capitalismo corrupto y feroz nos acorralaron y no se dieron las respuestas que las mayorías necesitadas requieren.
Freud nos deja otra advertencia: “No es fácil comprender cómo se vuelve posible sustraer la satisfacción a una pulsión. Y en modo alguno deja de tener sus peligros; si uno no es compensado económicamente, ya puede prepararse para serias perturbaciones”. [2] No obstante lo dicho, tengo una idea clara sobre el reparto de las responsabilidades: es la derecha salvaje la que manipula las voluntades del mundo a través del hambre y la desarticulación del altruismo.
[1] Freud, S. (1930); El malestar en la cultura, Amorrortu editores, Bs. As. p. 94
[2] Freud, S. Ibid. p. 96
* Paula Gil es psicoanalista en Buenos Aires. Miembro de la Asociación mundial de Psicoanálisis. Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana.
Fotografía seleccionada por el editor del blog. Fuente: sergioingravalle.de