DIMENSIONES DEL FASCISMO – Por Roque Farrán
Investigador Independiente (CONICET) Director del Programa «El giro práctico en el pensamiento contemporáneo»(CIECS-UNC-CONICET) Miembro del Programa de Estudios en Teoría Política (CIECS-UNC-CONICET) Para pensar el problema del fascismo en las nuevas derechas o ultraderechas tendríamos que delimitar distintas dimensiones de análisis que habitualmente aparecen solapadas y confundidas en las discusiones actuales: la dimensión epistemológica, la dimensión ética, la dimensión política. Entender su especificidad también nos habilita pensar cómo se entrelazan efectivamente sin hacer de todo lo mismo. Dimensión epistemológica En primer lugar, deslindar la dimensión epistemológica de las otras dos nos permite entender la lógica del concepto sin necesidad de someternos a un rigorismo o rigidez historiográfica que no nos orienta para nada en el presente, como también nos evita caer en una relativismo o nominalismo caprichoso que nos deja aún más desamparados. Estoy de acuerdo con Feierstein[1] respecto que el concepto de fascismo -como cualquier concepto- no puede reducirse a una serie de características a verificar, como si se tratara de hacer una “check list” donde distintos elementos tienen el mismo valor y la decisión por si cabe o no el concepto en su aplicación sería meramente numérica o acumulativa (a tantas características cumplidas tanto más apropiado el concepto, etc.). Hay que pasar de la lógica del concepto construido por identificación rígida de predicados, por discernimiento y clasificación de casos en función de ellos, a la lógica estructural o relacional en la cual encontramos enlaces significativos entre lo que varía y lo que permanece invariante, como funciones recurrentes que ligan conjuntos genéricos. O bien, como he propuesto en sintonía con Lacan, a través del anudamiento y co-implicación de distintos elementos en juego que responden a heteróclitos registros de la experiencia (p.e. real, simbólico, imaginario). Esto permite tener en cuenta también potenciales, orientaciones y tendencias que no se han desarrollado o identificado plenamente, pero que implican una lógica de consecuencias anticipables y prevenibles. Asimismo, estoy de acuerdo en que la principal cuestión a tener en cuenta en la estructura de relación social que propone el fascismo es la orientación afectiva, allí predominan claramente el odio y el resentimiento, como el modo en que se organizan y retroalimentan estas pasiones: si se estimulan desde arriba hacia abajo en la escala social y se identifican sectores vulnerables o minorías a ser estigmatizadas y violentadas, etc. Añadiría que también hay que pensar el amor que predomina en estas formaciones, como mostró Freud en Psicología de las masas y análisis del yo: hay un amor idealista dirigido al líder que permite la identificación imaginaria entre los subordinados. Quiero señalar además que el componente idealista de este amor redunda en un purismo por el cual no solo los ajenos a la identificación masiva sino los propios son examinados permanentemente respecto a los atributos necesarios, lo cual conduce a la división intestina y, por último, a la autodestrucción, porque nunca se está a la altura del ideal proclamado. Dimensión ética En segundo lugar, la dimensión ética permite deslindar modos de conducirse y formas de vida, esto es, tomar posición y orientarse por un ethos que no es necesariamente conceptual, aunque también tiene su rigurosidad y modo de implicación diferencial. Como han propuesto Deleuze y Guattari, en clave filosófica, tendríamos que demostrar que existe una forma de vida no fascista; la carga de la prueba cae de nuestro lado, sea como sea que nos llamemos (socialistas, demócratas, populistas, etc.). Ejercitarnos cotidianamente en asumir los aspectos débiles y fuertes de las relaciones sociales en que nos insertamos, de los otros seres y de nosotros mismos, sin negarlos o rechazarlos, sin hacer valoraciones rígidas; poder encontrar la potencia en la fragilidad, la belleza en lo que no es habitualmente admirado, la perseverancia en medio de la precariedad, etc.; son cuestiones nodales para delimitar el pathos fascista o la forma de vida fascista que conduce de la violencia generalizada a la autodestrucción, distinguirlo de un modo de vida potente que se nutre de la diversidad y multiplicidad para sostenerse. La ética materialista en la que me inscribo excede las identificaciones ideológicas y doctrinarias, puede admitir distintas cosmovisiones, religiosas o ateas, porque se orienta por lo que efectivamente hacen los sujetos: el modo de relacionarse con los otros y consigo mismos, una coherencia existencial que no es purista, que no es moralista, sino producto de la consecuencia asumida por los actos y las propias afirmaciones, preceptos y concepciones de vida. El pathos fascista se retroalimenta en cambio de las inconsecuencias e incoherencias no solo argumentales, en tanto propone un modo de vida inconsistente que rechaza aspectos vitales de sí mismo y de los otros, sobre todo niega su propia fragilidad por quedar prendado de un ideal rígido y sacrificial al que no se adecúa ningún ser real. Dimensión política En tercer lugar, la dimensión política nos permite entender cómo organizarnos con conocimiento de causa, de manera práctica y no meramente reactiva o identitaria. Hay que entender que el fascismo puede ser pro-mercado, pro-especulación, pro-estado, pro-nación, pro-tecnológico, pro-bélico, etc., pero fundamentalmente se define más por la “contra” que por lo “pro”; es una formación reactiva que encuentra su fuerza en el enemigo a destruir, en ponerse en contra de algo determinado que debe ser eliminado; no es un movimiento afirmativo o potenciador de lo que existe y por eso puede pasar por renovador o revolucionario, pero en el fondo lo moviliza la destrucción de todo y, finalmente, de sí mismo. Entonces resulta clave no entrar en una dinámica circular competitiva, una lucha especular por quien detenta mayor destructividad, sino proponer modos de organización afirmativos donde se puedan articular de la mejor forma posible las diferencias. Por tanto, al responder políticamente lo importante no es generar miedo u horror, tampoco actuar desde una superioridad moral, sino dar lugar a modos de organización y coordinación donde las diferencias encuentren su potencia de acción concertada. Conclusión Al diferenciar estas dimensiones para abordar la problemática del fascismo, podemos entender por qué no hay que responder de igual manera en cada una de ellas y, no









