La afinidad entre la democracia y la vida encuentra su explicación en el hecho de que ambas tienen como columna vertebral la indeterminación propia de lo real contingente, y por lo tanto, es lo que hace al conflicto necesario e irreductible. La democracia asume una relación directa con la vida pues, como el psicoanálisis nos enseña, está atravesada por el azar, y por la indeterminación radical propia de los acontecimientos contingentes de la historia política de un pueblo. Quién podría imaginar que la democracia brasileña, aún en fase de gestación, iría a pasar por esa ola avasalladora de oscurantismo conservador. Si la contingencia, la diversidad y la división constituyen el corazón de todo régimen democrático, se exige de él una política de protección y defensa. Esperamos que, en estos próximos días, los movimientos y fuerzas políticas concientizadas sepan ejercer esa protección y defensa de la democracia, por medio de la creación de un frente republicano que pueda derrotar al amo reaccionario, obstinado en querer restaurar el orden patriarcal y falocéntrico. Y no hay dudas de que el psicoanálisis podrá desempeñar su modesto papel en esta búsqueda de preservación de la vida democrática. La democracia como experiencia e invención Es preciso considerar que la democracia no es finita y, por lo tanto, no se escribe jamás en el cuerpo social de modo definitivo. Será siempre capaz de sorprendernos. Solo encuentra su fuerza, si admitimos que sus debilidades y sus males no son pasajeros, sino constantes e irreductibles. La democracia es experiencia e invención, y está para siempre, sujeta a ser reescrita. Es esa relación con la vida que hace que la democracia pueda enfermar gravemente. En los tiempos actuales, ya se presenta en un cuadro de enfermedad aguda y corre serios riesgos de morir con la inminencia del triunfo electoral de Jair Messias Bolsonaro, del capitán reformado del ejército brasileño. Cabe resaltar que bastó la adhesión en masa del pueblo brasileño a esta figura de violencia y horror, para que las expresiones típicas del fascismo como la intimidación, discriminación, fanatismo y violencia, pasaran a proliferar entre nosotros. Los relatos sobre actos sórdidos aumentan, como ejemplifica el caso del asesinato del capoerista bahiano Moa do Katendê realizado por un elector enfurecido de Bolsonaro. En la Psicología de las masas, Freud tuvo la ocasión de tratar estas expresiones de fanatismo y violencia, por medio de procesos identificatorios que envuelven al cuerpo y sus afectos. Desde entonces, la política en general y especialmente las tentaciones totalitarias no deben ser vistas como fenómenos racionales, pues implican al cuerpo pulsional. ¡Pensamientos son palabras y palabras son actos! Siendo precisos, a lo que asistimos en los últimos tiempos, es a actos discursivos que diseminan la violencia y el odio. Se vuelve importante, el impedir el avance de un candidato cuyas palabras están al servicio de la defensa de la tortura, de la segregación racial y de la misoginia, tal como se evidencia cuando le dijo a una colega diputada, en público, que “ella no merecía ser violada”. Identificación al poder falocéntrico del capitán Es importante constatar que ese discurso del odio en que se sacraliza la violencia se hace presente en ambientes restringidos a internet, en los grupos de Whatsapp, por medio de intimidaciones en las que solo uno de los lados puede tomar la palabra. El lado restante, si no se silencia, será blanco de prácticas de intimidación coercitiva. El odio diseminado en las redes digitales tiene como trasfondo el uso político del afecto, reinante en esos días sombríos, a saber: el miedo. Los grupos de Whatsapp reproducen, en consecuencia, procesos de masa, vía el proceso de identificación horizontal de los individuos entre sí, y verticalmente con el Uno que, a pesar de buscar confundirse con un hombre común, ese Uno se presenta como excepción. En efecto, unas de las características de este fenómeno de masa es la oferta de un semblante de hombre común que, aparentemente, se confunde con la masa de brasileiros, y donde se destaca el uso particular de la lengua, con exceso de clichés y términos groseros que incitan a la violencia. Por otra parte, el fanatismo es un amor hipnótico por el líder capitán que se coloca en el lugar del padre redentor y que alardea, por todos los rincones de Brasil, que va a trabajar por la higiene moral de la suciedad que los otros dejaron. En realidad, sabemos muy bien lo que es ese trabajo de higiene: es oponerse a una sociedad diversa y plural, lo que se nota por ejemplo en el combate que emprende a lo que estúpidamente llama “ideología de género”. La mediocridad llega al punto de rechazar el saber de la ciencia en la acción gubernamental, al negar los cambios climáticos, y querer entregar la Amazonia para un extractivismo primario y grotesco. Ya se ha declarado claramente contrario al sistema de poderes y contrapoderes, y al modo de escrutinio de nuestro país. Milita contra los derechos humanos y contra las libertades individuales, llegando a propugnar las ejecuciones extrajudiciales, considerando que esos derechos del ciudadano son la razón de la crisis de la seguridad pública. Otro componente típico de las prácticas de violencia fascista es la creación de organizaciones paramilitares y milicias, contrarias al hecho de que la violencia, es un monopolio del brazo armado del Estado, y que solo el gobierno puede usar legítimamente la fuerza, siendo ese uso regido por la ley y por las instituciones autorizadas para este fin regulatorio. El colmo de ese discurso del odio es la defensa intransigente, de que el ciudadano de bien tenga porte de armas para poder defenderse y defender a su familia de la violencia, en una evidente apología de los “discursos que matan”. No hay fin de la historia Lo que está en juego en este momento es el hecho de que el orden democrático republicano, necesario para la práctica del psicoanálisis, se encuentra cuestionado. Desde la caída del muro de Berlín en 1989, todo indicaba que no íbamos a asistir al surgimiento de