Simone Weil, Lección de política diferente
* Este título es de JAM Extractos / Fragmentos de la Nota sobre la supresión general de los partidos políticos La palabra partido se toma aquí con la significación que tiene en el continente europeo. La misma palabra en los países anglosajones designa una realidad totalmente distinta. Tiene su raíz en la tradición inglesa y no puede transponerse. Un siglo y medio de experiencia lo demuestra bastante. Hay en los partidos anglosajones una idea de juego, de deporte, que sólo puede existir en una institución de origen aristocrático; todo es serio en una institución que, al principio es plebeya. La idea de partido no entraba en la concepción francesa de 1789, sólo era un mal a evitar. Pero existió el club de los Jacobinos. Era al principio solamente un lugar para charlar libremente. No fue ningún tipo de mecanismo fatal el que lo transformó. Es únicamente la presión de la guerra y de la guillotina la que lo convirtió en partido totalitario. Las luchas de las facciones bajo el Terror fueron gobernadas por el pensamiento tan bien formulado de Tomski: « Un partido en el poder y todos los demás en la cárcel. » Así, en el continente europeo, el totalitarismo es el pecado original de los partidos. Por una parte es la herencia del Terror, y por otra, la influencia del ejemplo inglés que estableció los partidos políticos en la vida pública europea. El hecho de que existan no es de ningún modo un motivo para conservarlos. Sólo el bien es un motivo legítimo de conservación. El mal de los partidos salta a la vista. El problema a examinar es si hay en ellos un bien que le gane al mal y vuelva así su existencia más deseable. Pero es pertinente preguntar: ¿hay en ellos mismos una parte infinitesimal del bien? ¿No son el mal en estado puro o casi puro? Si son el mal, es cierto que en el hecho y en la práctica, sólo pueden provocar el mal. Es un artículo de fe. « Un árbol bueno no puede nunca traer frutos malos ni un árbol podrido frutos lindos. » Pero primero hay que reconocer cuál es el criterio del bien. Sólo puede ser la verdad, la justicia y en segundo lugar la utilidad pública. La democracia, el poder de la mayoría no son bienes. Son medios con miras al bien considerados eficaces con o sin razón. Si la República de Weimar, en lugar de Hitler hubiera decidido por lasvías rigurosamente parlamentarias y legales poner a los judíos en campos de concentración y torturarlos con refinamiento hasta la muerte, las torturas no hubieran tenido un aroma a legitimidad mayor del que tienen ahora. Ahora bien semejante cosa no es de ningún modo inconcebible. Sólo lo que es justo es legítimo. El crimen y la mentira no lo son de ninguna manera. Nuestro ideal republicano procede enteramente de la noción de voluntad general debida a Rousseau. Pero el sentido se perdió casi enseguida porque la noción es compleja y requiere un grado de atención elevado. (…) El verdadero espíritu de 1789 consiste en pensar, no que una cosa es justa porque el pueblo la quiere, sino que en ciertas condiciones, la voluntad del pueblo tiene más posibilidades que ninguna otra voluntad de ajustarse a la justicia. Hay varias condiciones indispensables para poder aplicar la noción de voluntad general. Dos deben particularmente retener nuestra atención. Una es que al momento que el pueblo toma consciencia de una de sus voluntades y lo expresa no haya ninguna especie de pasión colectiva. (…) Si una sola pasión colectiva capta a un país, el país entero es unánime en el crimen. Si dos o cuatro o cinco o diez pasiones colectivas lo dividen, se dividen en varios grupos de criminales. Las pasiones divergentes no se neutralizan, como es el caso para una partícula de pasiones individuales fundidas en la masa; el número es demasiado chiquito, la fuerza de cada una es demasiado grande para que pueda haber neutralización. La lucha las exaspera. Se chocan con un ruido verdaderamente infernal que vuelve imposible escuchar ni siquiera un segundo la voz de la justicia y de la verdad, casi siempre imperceptible. Cuando hay una pasión colectiva en un país, existe la probabilidad, para no importa cuál voluntad particular, de estar más cerca de la justicia y a la razón que la voluntad general, o mejor dicho lo que constituye su caricatura. La segunda condición es que el pueblo tenga que expresar su voluntad con respecto a los problemas de la vida pública y no hacer solamente una elección de personas. Aun menos una elección de colectividades irresponsables. Porque la voluntad general no tiene ninguna relación con tal elección. Si hubo en el 1789 cierta expresión de voluntad general, a pesar de haber adoptado el sistema representativo a falta de poder imaginar otro, es que hubo claramente otras cosa que elecciones. Todo lo que estaba vivo a través de todo el país – y el país entonces desbordaba vida – había buscado expresar un pensamiento por medio del órgano de los cuadernos de reivindicación. Los representantes en su gran mayoría se habían hecho conocer en el transcurso de esta cooperación en el pensamiento; seguían sintiendo el calor; sentían el país atento a sus palabras, celoso por supervisar si traducían exactamente sus aspiraciones. Durante algún tiempo -poco tiempo- fueron verdaderamente simples órganos de expresión para el pensamiento público. Tal cosa no se produjo nunca más. El solo enunciado de esas dos condiciones muestra que nunca conocimos nada que se parezca ni siquiera de lejos a una democracia. En lo que llamamos con este nombre, el pueblo nunca tiene la oportunidad ni la manera de expresar su opinión sobre ningún tipo de problema de la vida pública; y todo lo que escapa a los intereses colectivos se entrega a las pasiones colectivas que son de manera sistemática, oficialmente alentadas. (…) Para apreciar los partidos políticos según el criterio de la verdad, de la justicia, del bien público, conviene primero discernir sus características esenciales. Se pueden enumerar tres: Un partido político es una máquina para fabricar pasión colectiva. Un partido político es una organización construida de tal manera que ejerce una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos miembros del partido. El primer fin, y en último instancia, el único fin de todo partido político es su propio crecimiento y eso sin ningún límite. Por este carácter triple, cualquier partido es totalitario en su germen y su aspiración. Si no lo es en realidad, es sólo porque los que lo rodean no son menos totalitarios que él. Estas tres características son verdades de hecho evidentes para cualquiera que