La noche de las ideas es un evento organizado por el gobierno francés y la Red de alianzas francesas e institutos. En esta edición el tema fue: “¿Más?” y se abordó el plus a partir de la vida de Camille Claudel. La actividad se celebró el 30 de marzo y tomaron la palabra Gabriela Dargenton -responsable del nudo- junto a Fernanda Auat, Paula Guzmán, Alejandra D’Andrea, Luz Camozzi, Fernando Tarragó, Silvina Sanmartino, María Luz Quenardelle, Hilda Vittar. En esta entrega, compartimos la primera parte de la intervención de Gabriela Dargenton y el escrito de Alejandra D´Andrea. Ella más visible-invisible Por Gabriela Dargenton Desde dónde hablamos? Hemos sido invitados a tomar la palabra a partir del psicoanálisis. Un desarrollo doctrinario que lleva más de un siglo, si consideramos que en el año 1886 se encuentran los primeros manuscritos de Sigmund Freud (médico), que comienza a preguntarse sobre el origen de las enfermedades haciendo, ya en esa época, un desplazamiento de lo neurológico a lo anímico (o psicológico, como le gustaba decir a él). Pero la manera en que Freud avanzaba, e hizo avanzar su teoría, no era de una idea a otra idea, sino que lo hacía a través de su práctica con pacientes, avanzaba a través de preguntarse sobre lo que constataba clínicamente. Vale decir, que a partir del sufrimiento humano que lo consultaba (y en muchos casos lo consultaban para invalidar su teoría), él se preguntaba – lo leemos en sus obras- por qué las cosas eran así, y contrastaba los resultados de su trabajo con las conclusiones a las que, en cada momento de su descubrimiento, iba llegando. Se preguntaba por los tropiezos que él tenía o que se podían tener, dado el tipo de vínculo que se establece en un psicoanálisis. Es decir, que la doctrina y la clínica se entrelazan desde el origen y no existe un campo sin el otro. Jacques-Alain Miller agrega que además no hay clínica sin ética. Eso quiere decir que no somos los especialistas del dolor humano, sino que aprendemos de él sin clasificar ni estandarizar nada. Nos formamos durante toda la vida en aprender a decir bien el deseo que anima a los sujetos. El deseo inconsciente: un hueco Ese deseo que es tan íntimo como extranjero para cada uno, es el deseo inconsciente y produce que, el mismo que lo porta, no sabe cómo ni de qué manera eso está allí. Es por esa razón que la supuesta identidad entre yo y soy es un espejismo, que muchas veces lleva a los sujetos a lo peor, tanto más cuanto que sea una certeza que yo, soy idéntico a yo. Sin embargo, muchas otras veces se produce un encuentro inesperado que permite hacer un paseo por el interior de una subjetividad que cuestiona la rigidez del soy y, en esos casos, las mutaciones que allí se producen por y en esos azarosos encuentros, alivian la vida. Es una de las tantas paradojas que el psicoanálisis entraña: al mismo tiempo que el psicoanalista se hace la causa de que cada quien pueda hablar, es ese camino mismo el que va hasta los bordes de lo indecible. Es por eso que la invención que cada sujeto pueda hacer con lo que parecen callejones sin salida, toca esos bordes de lo imposible de decir. El encuentro con las marcas singulares de una vida – en singular también- el azar de los encuentros, junto a poder ser escuchados en eso, llegan a esos linderos del cuerpo y las palabras. Ese indecible, grita desde su silencio íntimo. Desde allí, es que se hace lugar en la manera que toma cada vínculo singular. Ningún protocolo estandarizado, ninguna pastilla, ni técnica “para todos”, podrá bloquear ese rasgo singular de cada existencia. Camille Claudel nos enseña largamente sobre este asunto, dado que por más que su vida pueda leerse desde la perspectiva de la novela de grandes desgracias, absolutamente imperdonables, ella hoy nos hace hablar, aplaudir, poner en escena una obra de teatro, escribir, leer, estudiar, ver sus obras, pagar, etc. Ella, esa ella que dejó viva su huella y su grito. Esa es la ella del título de esta intervención y es también las muchas “ellas”, las tantas Camille Claudel que habitan hoy nuestro mundo. Lo que socorre-sacude Por Alejandra D´Andrea Podemos considerar una indicación señalada por Lacan en su seminario 20, Aún, que lanza a una audiencia masculina. “Quizás se hayan percatado (…) alguna vez, al vuelo, que hay algo que sacude (secoue) a las mujeres, o que las socorre (secourt)” (p.90) Lacan remarca que la relación existente entre las palabras secoue y secourt –sacude y socorre-no es por azar, no va de suyo, se presenta en un inseparable movimiento dual. En este punto me interrogaba qué socorre a Camille durante ese encierro por esos 30 largos años. Ella decide no continuar con la escultura, su madre deja órdenes estrictas de que no puede recibir ni visitas, ni cartas, se sabe que el lugar psiquiátrico ofrece la posibilidad de continuar con su hacer, frente a lo cual ella se niega. La escultura, como la evidencia de lo más visible, le permitía destacarse en espacios vedados a las mujeres de entonces. Entre las profesiones artísticas, la escultura se consideraba una actividad impropia de una mujer. Un trabajo duro, de gran esfuerzo físico y rodeado de polvo. Mujeres mal vestidas, desaliñadas y despeinadas, contravienen el orden natural. Camille también vivirá el cambio, la crisis estética del siglo XIX entre la tradición académica, que celebraba las buenas formas, y la vanguardia que proponía nuevas formas de expresión sobre los cuerpos, se buscaba enfatizar las imperfecciones; se interesaba por las pasiones humanas, el dolor, sufrimiento, abandono, soledad, amor, vejez. Tanto su escultura como su relación con Auguste Rodin la convirtieron en un blanco de críticas, censuras, difamaciones, frente a la mirada de su entorno y la sociedad. Este pasaje a lo público de su hacer, de su vida, retornaba en algo persecutorio para ella en aquella época. La mujer y el lugar