El movimiento de liberación de la palabra femenina en torno al #metoo y a la toma de palabra de la actriz Adèle Haenel marcaron los años 2018 y 2019.
En Francia, el año 2020 nos introdujo aun a otro registro, que ya no es el de
la denuncia. Con el libro de Vanessa Springora, Le Consentement [El Consentimiento] (1) se abre un nuevo capítulo en esta liberación de la palabra, el de la escritura. Si el #metoo permitió tomar conciencia de la masividad del fenómeno de acoso padecido por las mujeres, no dio cuenta sin embargo de la complejidad de la posición femenina. El precioso testimonio literario de Vanessa Springora tiene el mérito de mostrar que no es porque se trata de acoso o de abuso que no está en juego la dimensión del deseo en femenino, la dimensión de la sexualidad femenina en tanto que diferenciada de la sexualidad masculina, la del amor y sus abismos. Allí está la potencia del escrito.
Tres puntos me marcaron especialmente, en tanto mujer de la misma generación que Vanessa Springora, pero también en tanto psicoanalista. El relato lleva como título con delicadeza, El Consentimiento. Pero el consentimiento lleva en él un enigma. ¿Sabemos exactamente a qué consentimos cuando consentimos por amor a volvernos objeto del deseo de un otro? ¿Acaso el consentimiento no comporta en sí una ambigüedad que hace que si aceptamos todo lo que podrá ocurrir, estamos en ese sentido en la desnudez en cuanto a aquello a lo que consentimos? «¿Cómo admitir que hemos sido abusadas cuando no podemos negar haber consentido (…) cuando hemos sentido un deseo?» (2)
La gracia y la potencia de este relato están en situarse a la altura de lo que
significa, para una niña muy joven que sueña con devenir una mujer, el
encuentro con el deseo del Otro. Este precio acordado al deseo del Otro no
es ni sumisión ciega, ni debilidad condenable sino pura posición femenina
asumida. Es lo que el perverso traiciona.
Al leer El Consentimiento, captamos lo que significa consentir a algo que sobrepasa aquello a lo cual creímos haber consentido. Captamos que consentir al deseo del Otro no es sin angustia. Consentir a la femineidad es siempre un franqueamiento para una mujer. El primer encuentro, aquél durante el cual una joven pierde su virginidad, deja sobre su cuerpo estigmas imborrables. V. dice que en virtud del deseo que ella sentía jamás se identificó ella misma a una víctima. Allí donde creyó que el deseo del Otro buscaba despertar el deseo de ella, fue abusada. Es porque devenir mujer pasa por este consentimiento a ser deseada que el abuso es una traición del consentimiento en sí.
El efecto traumático no viene solamente de haber iniciado de manera muy precoz prácticas sexuales que no eran de su edad, y eso tratándose de un hombre de cincuenta años mientras que ella tenía solamente 14. Pero es el hecho de haber deseado a este hombre y haber creído amarlo lo que hace trauma. Es en este punto de vulnerabilidad que actúa el veneno del mal encuentro. Ya que aquello a lo cual ella consiente en virtud del deseo sentido, es al forzamiento. Entonces hubo engaño. Ella creyó consentir a ser
un objeto de deseo y de amor. Devino puro objeto de goce para el otro.
El mal encuentro viene a responder a una vacilación existencial, la de una colegiala de 14 años – tomada por una madre adorada y un poco perdida con quien ella parece hacer uno, y un padre indiferente a su existencia. En el momento en que ella espera un hombre, así como se espera un padre, surge aquél que hará de ella una presa. El padre que ella encuentra no es el del amor, ni el del deseo, sino el del goce, aquél que, abusando de la fascinación que ejerce, sacia sus propias pulsiones. Después del mal encuentro – crisis de angustia, episodio de anorexia, momento de despersonalización vendrán a marcar el seísmo que fue para ella esta primera historia que no era de
amor.
“¿Desde hace cuánto tiempo había perdido el rastro de mi misma?“ (3)
Perder el rastro de una misma, he allí una experiencia propiamente femenina que puede condenar a una mujer a la inexistencia. El mal encuentro vino también a relanzar el trauma après-coup, el de la noche en que, siendo todavía niña, oye una escena violenta entre sus padres. El “date vuelta“ que su padre dirige a su madre volverá por parte de este hombre del que no logra sustraerse a sus 14 años, así como uno no puede sustraerse a un imperativo de goce feroz.
En fin este relato personal abre la pregunta de una época –la de los años setenta – en que grandes intelectuales como Sartre, Beauvoir, Barthes, Deleuze, Derrida… buscaron, firmando peticiones, proteger a estos hombres cuya pedofilia estaba comprobada. Brillantes como pueden haber sido, ¿no estaban un poco perdidos en la cuestión de la liberación sexual como para no diferenciar deseo y pulsión?
Este libro de una mujer que logró salirse gracias al psicoanálisis, gracias a una celadora del secundario que supo hacer un lugar de excepción a su drama subjetivo y gracias a un hombre en quien pudo confiar, nos muestra que la cuestión del deseo y del goce es más compleja de lo que se resume en una sola fórmula: la dominación masculina. Nos interroga también sobre los limites de la liberación sexual. ¿El goce sin trabas conduciría a legitimar el arrancar al otro su consentimiento para asegurarse de hacer de él un objeto sexual a su medida?
Si Vanessa Springora consintió a su primer amor, su cuerpo decía
que “no“ a algo. Su cuerpo la recondujo a lo real del trauma. Allí también está la potencia de la letra. Es también lo que aprendemos a leer en un análisis.
La escritura permite aquí captar lo que la liberación de la palabra pública sola silencia. Si ser deseada tiene un precio para una mujer, el consentimiento en femenino debe poder continuar abriéndose una vía más allá de las cuestiones de género. Es por el amor de otro hombre que logra salirse. No hay ninguna guerra de los sexos en este libro. Pero, en cambio, una afirmación de la femineidad como consentimiento a un deseo que confronta a toda mujer a un riesgo.
Traducción: Stéphanie Malecek
Clotilde Leguil
Psicoanalista en Francia. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) y la Escuela de la Causa Freudiana (ECF)
*Este texto fue publicado en Lacan Cotidiano Nº863 y difundido por este Blog con su amable autorización.
1: Springora V., Le Consentement, Grasset, 2020.
2: Ibid., p. 163.
3: Ibid., p. 173.
