Política y religión fueron los significantes que nos convocaron a conversar la noche del 19 de diciembre en Córdoba, y Flavia Dezzutto nuestra interlocutora. Docente e investigadora de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba en Filosofía Antigua y Filosofía de las religiones, y actual Vicedecana de dicha facultad; marxista y creyente es como se presenta.
Cinco intervenciones a cielo abierto dieron el puntapié para iniciar la conversación. En ella, cinco analistas pusieron a consideración los saldos de saber, las preguntas, las apreciaciones heterogéneas y singulares de lo que fue la reciente jornada de Zadig en Buenos Aires. La incidencia en el campo de la política a partir del discurso analítico fue el hilo que las tensó y las atravesó. Con su lucidez y rigurosidad epistémica nuestra interlocutora animó y conversó con ellas.
En la importancia de poder definir los términos con los que hablamos, Flavia planteó una pregunta: “¿Qué entendemos cuando decimos Religión?” La religión, nos hacía saber, supone historicidad, es decir: experiencia, poderes y sentidos.
Podemos teorizar de diversas maneras sobre la religión –como fenómeno, como discurso– nos transmitía, pero se llega a un punto en común: es una experiencia, “una manera intencional de relación con el mundo”, y lo citaba a Platón quien sostenía que la religión es una manera de leer el tiempo, la historia. Una experiencia tiene que decidirse, y aunque leemos a partir de experiencias y hay una tradición donde ésta se inscribe, en la experiencia también hay cierta ininteligibilidad de lo que uno hace, nos decía.
Mientras la escuchaba pensaba que, desde el psicoanálisis también hablamos de experiencia, aunque no de la misma manera.
Las noche avanzaba, y con ella la conversación y la transmisión decidida de una interlocutora capaz de tenernos atentos e interesados en las disquisiciones de un tema tan actual como, por momentos, difícil de apresar. En estas disquisiciones nos transmitía que la experiencia religiosa siempre supone algún nivel de comunidad. Como práctica ordena un campo de la comunidad por medio de la mediación y la separación, habilita la construcción de sentido permitiendo marcos comunes para hacer legible el mundo. De esta manera, la religión puede vincularse con diferentes campos, y la política no queda exenta de ello. Allí donde la política falla en la transmisión de S1, la religión puede aportarlos.
Hoy nos encontramos en una época donde la política usa el discurso religioso desmesuradamente, y la emergencia de formas religiosas aparecen como la versión capitalista de la religión, una interpretación literal furibunda donde hay caída de sentido y universalización de la mercancía. A diferencia de la tradición cristiana donde la mediación, los ritos, las instituciones, las querellas, los discursos se mantienen y el dios es un ser humano que pone su cuerpo como límite a la violencia; un dios sufriente pero paciente en la medida que soporta y padece. El mundo se está convirtiendo en ominoso, nos señalaba.
Verdad, creencia y saber fueron otros de los significantes que se echaron a rodar en una noche donde las preguntas iban escribiendo el surco de la conversación. Nos transmitió la verdad como algo que puede decidirse y se mide por sus efectos; la creencia como un acto ético de asentimiento que tiene un cierto conocimiento, no se cree ciegamente y se asiente a la autoridad que el dios revela, a la divinidad. En este sentido están la querella de la interpretación, los sentidos del texto y las capas de significado.
De esta transmisión entusiasta y decidida un saldo de saber se me impone: se hace necesario el encuentro con otros discursos en nuestro esfuerzo de saber leer de otro modo cada vez, en la medida que sería disruptivo cada vez.
¡Hasta la próxima!
Valeria Massara
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