Un discurso de odio

Silvia Baudini

Nada de lo humano debería serle ajeno a un psicoanalista. Eso llega hasta que nos topamos con los enemigos del género humano. Esos que no tienen ningún miramiento en decir lo peor.

Hipérbole verídica, nombraba un colega francés al discurso de Trump. ¿Cómo nombrar el discurso de Bolsonaro?. ¿Vitriolo? Ese acido que corroe los metales que fue usado por los alquimistas. La ciencia lo nombra ácido sulfúrico.

Un discurso vitriólico, lleno de odio que no respeta ni a la mujer, ni al hombre. Que no mide nada, salvo lo que se cuenta en dinero, no en vano nuestros colegas de Brasil lo asocian a los millonarios.

Pero ¿y los votantes?, millones de hombres y mujeres que aceptan ese discurso como parte de lo cotidiano, algo que entra en la esfera de lo contingente – como nos decía J.-A. Miller cuando Francia se debatía con la posibilidad que un régimen estrechamente ligado al nazismo llegue al poder «y se haga cargo de las palancas del ministerio del interior»- lo imposible se ha hecho contingente.

¿Que fibra sensible ha tocado en los hombres y mujeres del Brasil ese discurso? A que apela sino a lo peor que hay, si por supuesto que lo hay, en cada uno. Pero eso peor es inconsciente y el discurso del candidato es totalmente decidido y calculado para dividir al otro y hacerlo querer el mal.

Ahora Brasil una potencia latinoamericana corre el riesgo, alto riesgo, de quedar en manos de una convivencia amarga entre el fascismo militar y la iglesia. Y santificado por el voto democrático.

Una democracia a la que se desprecia al punto de reivindicar la fuerza bruta de los golpes militares. Hasta donde llega la amargura de los hombres en nuestra época.

Manuel Castels nos insta a decir cada uno su palabra. Propongo dignificar a las palabras, saber que hablar tiene efectos y que esos efectos pueden ser una catarata que limpie el odio y ponga a la luz una verdad que los discursos del odio hacen torcer.

No hay tiempo ni lugar para la abstención, cada voto cuenta.

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