Esteban Pikiewicz*
Nuestros próceres, influidos por las consignas de la Revolución Francesa, la abrazaron con pasión. Conocida es la arenga sanmartiniana en julio de 1819, “Seamos libres, que lo demás no importa nada” (1) En el siglo XX, entre los años 60 y principios del 70, en el marco de las dictaduras latinoamericanas, en nuestro país era, por ejemplo, consigna político-ideológica, dar la vida por el líder en su nombre. Hoy, luego de 40 años de democracia sostenida, se encuentra fuertemente enlazada a la invocación del derecho: derecho a libertad de opinión, de elección de sexo, de elección política, etc. con su correlato de leyes en tal sentido. El discurso neoliberal y de mercado postulan, así mismo, el ser humano como individualidad libre.
Para nosotros, la libertad es una noción paradójica. En sentido estricto, el sujeto del inconsciente no es libre. La asociación libre por encontrar su tope estructural, no lo es. Está condicionada. Y más aún, la libertad es enloquecedora, allí donde en “De nuestros antecedentes”, Lacan nos orienta afirmando en el debate con su amigo Ey, siguiendo los desarrollos de Hegel: “la locura es la más fiel compañera de la libertad … como límite de su libertad”; y el alto riesgo existente que rodea a la locura (2).
En el siglo XXI, donde los discursos de la tradición se han vuelto obsoletos, y se produce a nivel de la masa, los grupos, una “asimilación cada vez más horizontal” (3), lo que pareciera estar verdaderamente libre es aquello que llamamos pulsión de muerte, más allá de toda ley, como ese condicionante, ese “…algo que gobierna (…) el conjunto de nuestra relación con el mundo”. (4) Ese condicionamiento, que con Lacan aprendimos a llamar goce (que es sobre el que se funda todo discurso), pareciera estos tiempos estar desbocado y aglutinarse, de manera seductora y fascinante, a modo de un deliryo compartido, en la invocación democrática de la libertad. En uno de los tantos videos que circulan por las redes cloacales, un joven identificado a dicha retórica y con sus “argumentos”, culminaba su exposición diciendo, palabras más o menos, que era preferible que la situación socio/económico/política del país, se fuera a la mierda con un político nuevo que con “los de siempre”.
¿Tenemos, los practicantes del psicoanálisis de orientación lacaniana, una responsabilidad colectiva, “dada la delicada situación que atravesamos en nuestro país”? (5) Acaso, y entre otros ámbitos, nunca más a tono sea nuestro próximo Congreso de la AMP, el sitio que pueda permitirnos una conversación al respecto.
* Esteban Pikiewicz es psicoanalista en Esquel. Miembro de la Asociación mundial de Psicoanálisis. Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana.
Fotografía seleccionada por el editor del blog.
Referencias Bibliográficas
- Capdevilla Arturo, “El pensamiento vivo de San Martín”, Bs. As., Losada, 1950, pág. 34/35, en Felipe Pigna, “Los mitos de la historia argentina 2”, Bs. As., Editorial Planeta, 2005, pág. 42.
- Lacan, Jacques, “Acerca de la causalidad psíquica”, Bs. As., Editorial Siglo XXI, 1988, pág. 165.
- Lacan, Jacques, “Funciones del psicoanálisis en criminología”, Bs. As., Editorial Siglo XXI, 1988, pág. 136.
- Lacan, Jacques, Seminario 7, “La ética del psicoanálisis”, Bs. As., Editorial Paidós, 1988, pág. 31.
- EOL Postal, Nota del Consejo Estatutario sobre el momento actual.